sábado, 14 de abril de 2012

invitados: una pequeña falla II

que el clima de la comida lo es todo ya lo sabemos. y que depende mas de este que de la calidad de los alimentos (pero cuanto mejor....mejor) la sensación de haber pasado por un evento memorable.
y la calma es una de esas condiciones indispensables para el desarrollo del delicado intercambio que se da alrededor de la mesa tendida.
da cuenta de estas razones Juan Ruiz (Arcipreste de Hita), en su Libro del buen amor:


Ejemplo del ratón de Monferrado y del ratón de Guadalajara

Mur de Guadalajara un lunes madrugaba,
marchóse a Monferrado: en el mercado andaba;
un ratón muy barbudo le recibió en su cava:
convidóle a comer, ofreciéndole un haba:

están en la mesa pobre, buen gesto y buena cara;
hay muy poca comida, buena acogida y clara,
a los pobres manjares la amistad los repara.
Se quedó muy contento el de Guadalajara.

Hecha ya la comida, el manjar acabado,
convidó el de la villa al mur de Monferrado
a que aceptase el martes a ir a ver su mercado,
y, en agradecimiento, fuese su convidado.

Fue con él a su casa y diole mucho queso,
mucho tocino fresco, pues no estaba salpreso,
enjundias, pan cocido sin racionar su peso;
el ratón aldeano fue contento con eso;

manteles de buen lienzo, una blanca talega
toda llena de harina: allí el ratón se pega;
en honras y regalos al buen ratón anega;
alegría y buen rostro con aquesto se allega.

Hay en la rica mesa mucha buena vianda,
un manjar mejor que otro a menudo allí anda,
y, además, buena cara, cual ser huésped demanda:
agasajo y comida a los hombres ablanda.

Mientras comen y gozan, en medio del yantar,
la puerta del palacio comenzó a resonar:
la abría su señora que estaba ya al entrar;
los ratones, por miedo, huyen a más andar;

el de Guadalajara escondióse en su horado,
pero el otro razón está desorientado,
pues no sabe un lugar para estar amparado:
se quedó a la pared, en lo oscuro, arrimado.

Cerrada ya la puerta y pasado el temor,
estaba el aldeano con sudor y temor;
le apaciguaba el otro, dijo: <
alégrate ya y come lo que creas mejor;

este manjar es dulce, sabe como la miel.>>
Respondió el aldeano: <
al que teme la puerta el panal sabe a hiel;
para ti solo es dulce, tú come de él;

para el hombre con miedo no es dulce ni una cosa,
y no hay voluntad clara con vista temerosa;
con miedo de la muerte la miel no está sabrosa:
cualquier cosa es amarga en vida peligrosa;

prefiero roer habas muy seguro y en paz
que comer mil manjares molesto y sin solaz,
las comidas mejores, con miedo, son agraz
y todo es amargura donde hay miedo, rapaz;

por tanto detenerme aquí, casi me mato
del miedo que he tenido; y, cuando bien lo cato,
mientras estaba solo, de haber venido el gato,
me hubiese allí alcanzado, pasando yo mal rato;

tú tienes casa grande, mas ¡hay mucha compaña!;
comer buenas comidas y ¡esto es lo que te engaña!;
mejor es mi pobreza en segura cabaña,
porque mal pisa el hombre y el gato mal araña.>>

Con una paz segura es rica la pobreza;
para el rico que teme es pobre la riqueza:
siempre tiene recelo y, por miedo; tristeza;
la pobreza con gozo es segura nobleza.

Más valen con convento las sardinas saladas
y hacer a Dios servicio con monjas veneradas
que perder la mi alma con perdices asadas
y quedar bien burlada como otras deshonradas.

Juan Ruiz
Libro del buen amor
(Versión modernizada de Nicasio Salvador Miguel)

martes, 27 de marzo de 2012

recuerdos del verano

Comienza la temporada de frios y se necesita hacer acopio de buenos recuerdos y sabores para afrontarla.
Los primeros los provee una película mil y una vez revisitada, y que para mayor placer tiene asociado un plato que cumple con el requisito del sabor.
"Mujeres al borde de un ataque de nervios" de Pedro Almodovar, es sin duda una combinación de elementos diferentes para los que; aun hoy en día, hay que estar preparado. Aquí lo español adquiere una concentración especial y  es donde entre otros elementos el gazpacho; en todo su esplendor de sabor veraniego, hace su aparición para protagonizar y adquirir su momento de gloria. Solo resta verla (y saborearlo)



domingo, 9 de octubre de 2011

la prudencia nunca es poca vii

aun el hombre mas moderado en algún momento puede dejarse llevar por la tentación.
y esta puede presentarse en las mas diversas formas, dandole a la victima del momento, solo unos instantes para esgrimir vanos preceptos,  abandonarlos y a partir de alli dejarse llevar hacia lo anhelado.
y si dicha tentación es dulce, poco podrá hacerse; cálidos lazos atraparan al incauto y le cobraran su precio. 
este precio es alto, pero esta relacionado con el costo de la imprudencia y lo riesgos de los manjares exóticos.
confirmando lo dicho, el salteño Horacio Quiroga nos cuenta lo siguiente


Tengo en el Salto Oriental dos primos, hoy hombres ya, que a sus doce años, y a consecuencia de profundas lecturas de Julio Verne, dieron en la rica empresa de abandonar su casa para ir a vivir al monte. Este queda a dos leguas de la ciudad. Allí vivirían primitivamente de la caza y la pesca. Cierto es que los dos muchachos no se habían acordado particularmente de llevar escopetas ni anzuelos; pero, de todos modos, el bosque estaba allí, con su libertad como fuente de dicha y sus peligros como encanto.
Desgraciadamente, al segundo día fueron hallados por quienes los buscaban. Estaban bastante atónitos todavía, no poco débiles, y con gran asombro de sus hermanos menores —iniciados también en Julio Verne— sabían andar aún en dos pies y recordaban el habla.
La aventura de los dos robinsones, sin embargo, fuera acaso más formal a haber tenido como teatro otro bosque menos dominguero. Las escapatorias llevan aquí en Misiones a límites imprevistos, y a ello arrastró a Gabriel Benincasa el orgullo de sus stromboot.
Benincasa, habiendo concluido sus estudios de contaduría pública, sintió fulminante deseo de conocer la vida de la selva. No fue arrastrado por su temperamento, pues antes bien Benincasa era un muchacho pacífico, gordinflón y de cara rosada, en razón de su excelente salud. En consecuencia, lo suficiente cuerdo para preferir un té con leche y pastelitos a quién sabe qué fortuita e infernal comida del bosque. Pero así como el soltero que fue siempre juicioso cree de su deber, la víspera de sus bodas, despedirse de la vida libre con una noche de orgía en componía de sus amigos, de igual modo Benincasa quiso honrar su vida aceitada con dos o tres choques de vida intensa. Y por este motivo remontaba el Paraná hasta un obraje, con sus famosos stromboot.
Apenas salido de Corrientes había calzado sus recias botas, pues los yacarés de la orilla calentaban ya el paisaje. Mas a pesar de ello el contador público cuidaba mucho de su calzado, evitándole arañazos y sucios contactos.
De este modo llegó al obraje de su padrino, y a la hora tuvo éste que contener el desenfado de su ahijado.
—¿Adónde vas ahora? —le había preguntado sorprendido.
—Al monte; quiero recorrerlo un poco —repuso Benincasa, que acababa de colgarse el Winchester al hombro.
—¡Pero infeliz! No vas a poder dar un paso. Sigue la picada, si quieres... O mejor deja esa arma y mañana te haré acompañar por un peón.
Benincasa renunció a su paseo. No obstante, fue hasta la vera del bosque y se detuvo. Intentó vagamente un paso adentro, y quedó quieto. Metióse las manos en los bolsillos y miró detenidamente aquella inextricable maraña, silbando débilmente aires truncos. Después de observar de nuevo el bosque a uno y otro lado, retornó bastante desilusionado.
Al día siguiente, sin embargo, recorrió la picada central por espacio de una legua, y aunque su fusil volvió profundamente dormido, Benincasa no deploró el paseo. Las fieras llegarían poco a poco.
Llegaron éstas a la segunda noche —aunque de un carácter un poco singular.
Benincasa dormía profundamente, cuando fue despertado por su padrino.
—¡Eh, dormilón! Levántate que te van a comer vivo.
Benincasa se sentó bruscamente en la cama, alucinado por la luz de los tres faroles de viento que se movían de un lado a otro en la pieza. Su padrino y dos peones regaban el piso.
—¿Qué hay, qué hay?—preguntó echándose al suelo.
—Nada... Cuidado con los pies... La corrección.
Benincasa había sido ya enterado de las curiosas hormigas a que llamamos corrección. Son pequeñas, negras, brillantes y marchan velozmente en ríos más o menos anchos. Son esencialmente carnívoras. Avanzan devorando todo lo que encuentran a su paso: arañas, grillos, alacranes, sapos, víboras y a cuanto ser no puede resistirles. No hay animal, por grande y fuerte que sea, que no haya de ellas. Su entrada en una casa supone la exterminación absoluta de todo ser viviente, pues no hay rincón ni agujero profundo donde no se precipite el río devorador. Los perros aúllan, los bueyes mugen y es forzoso abandonarles la casa, a trueque de ser roídos en diez horas hasta el esqueleto. Permanecen en un lugar uno, dos, hasta cinco días, según su riqueza en insectos, carne o grasa. Una vez devorado todo, se van.
No resisten, sin embargo, a la creolina o droga similar; y como en el obraje abunda aquélla, antes de una hora el chalet quedó libre de la corrección.
Benincasa se observaba muy de cerca, en los pies, la placa lívida de una mordedura.
—¡Pican muy fuerte, realmente! —dijo sorprendido, levantando la cabeza hacia su padrino.
Este, para quien la observación no tenía ya ningún valor, no respondió, felicitándose, en cambio, de haber contenido a tiempo la invasión. Benincasa reanudó el sueño, aunque sobresaltado toda la noche por pesadillas tropicales.
Al día siguiente se fue al monte, esta vez con un machete, pues había concluido por comprender que tal utensilio le sería en el monte mucho más útil que el fusil. Cierto es que su pulso no era maravilloso, y su acierto, mucho menos. Pero de todos modos lograba trozar las ramas, azotarse la cara y cortarse las botas; todo en uno.
El monte crepuscular y silencioso lo cansó pronto. Dábale la impresión —exacta por lo demás— de un escenario visto de día. De la bullente vida tropical no hay a esa hora más que el teatro helado; ni un animal, ni un pájaro, ni un ruido casi. Benincasa volvía cuando un sordo zumbido le llamó la atención. A diez metros de él, en un tronco hueco, diminutas abejas aureolaban la entrada del agujero. Se acercó con cautela y vio en el fondo de la abertura diez o doce bolas oscuras, del tamaño de un huevo.
—Esto es miel —se dijo el contador público con íntima gula—. Deben de ser bolsitas de cera, llenas de miel...
Pero entre él —Benincasa— y las bolsitas estaban las abejas. Después de un momento de descanso, pensó en el fuego; levantaría una buena humareda. La suerte quiso que mientras el ladrón acercaba cautelosamente la hojarasca húmeda, cuatro o cinco abejas se posaran en su mano, sin picarlo. Benincasa cogió una en seguida, y oprimiéndole el abdomen, constató que no tenía aguijón. Su saliva, ya liviana, se clarifico en melífica abundancia. ¡Maravillosos y buenos animalitos!
En un instante el contador desprendió las bolsitas de cera, y alejándose un buen trecho para escapar al pegajoso contacto de las abejas, se sentó en un raigón. De las doce bolas, siete contenían polen. Pero las restantes estaban llenas de miel, una miel oscura, de sombría transparencia, que Benincasa paladeó golosamente. Sabía distintamente a algo. ¿A qué? El contador no pudo precisarlo. Acaso a resina de frutales o de eucaliptus. Y por igual motivo, tenía la densa miel un vago dejo áspero. ¡Mas qué perfume, en cambio!
Benincasa, una vez bien seguro de que cinco bolsitas le serían útiles, comenzó. Su idea era sencilla: tener suspendido el panal goteante sobre su boca. Pero como la miel era espesa, tuvo que agrandar el agujero, después de haber permanecido medio minuto con la boca inútilmente abierta. Entonces la miel asomó, adelgazándose en pesado hilo hasta la lengua del contador.
Uno tras otro, los cinco panales se vaciaron así dentro de la boca de Benincasa. Fue inútil que éste prolongara la suspensión, y mucho más que repasara los globos exhaustos; tuvo que resignarse.
Entre tanto, la sostenida posición de la cabeza en alto lo había mareado un poco. Pesado de miel, quieto y los ojos bien abiertos, Benincasa consideró de nuevo el monte crepuscular. Los árboles y el suelo tomaban posturas por demás oblicuas, y su cabeza acompañaba el vaivén del paisaje.
—Qué curioso mareo... —pensó el contador. Y lo peor es...
Al levantarse e intentar dar un paso, se había visto obligado a caer de nuevo sobre el tronco. Sentía su cuerpo de plomo, sobre todo las piernas, como si estuvieran inmensamente hinchadas. Y los pies y las manes le hormigueaban.
—¡Es muy raro, muy raro, muy raro! —se repitió estúpidamente Benincasa, sin escudriñar, sin embargo, el motivo de esa rareza. Como si tuviera hormigas... La corrección —concluyó.
Y de pronto la respiración se le cortó en seco, de espanto.
—¡Debe ser la miel!... ¡Es venenosa!... ¡Estoy envenenado!
Y a un segundo esfuerzo para incorporarse, se le erizó el cabello de terror; no había podido ni aun moverse. Ahora la sensación de plomo y el hormigueo subían hasta la cintura. Durante un rato el horror de morir allí, miserablemente solo, lejos de su madre y sus amigos, le cohibió todo medio de defensa.
—¡Voy a morir ahora!... ¡De aquí a un rato voy a morir!... no puedo mover la mano!...
En su pánico constató, sin embargo, que no tenía fiebre ni ardor de garganta, y el corazón y pulmones conservaban su ritmo normal. Su angustia cambió de forma.
—¡Estoy paralítico, es la parálisis! ¡Y no me van a encontrar!...
Pero una visible somnolencia comenzaba a apoderarse de él, dejándole íntegras sus facultades, a lo peor que el mareo se aceleraba. Creyó así notar que el suelo oscilante se volvía negro y se agitaba vertiginosamente. Otra vez subió a su memoria el recuerdo de la corrección, y en su pensamiento se fijó como una suprema angustia la posibilidad de que eso negro que invadía el suelo...
Tuvo aún fuerzas para arrancarse a ese último espanto, y de pronto lanzó un grito, un verdadero alarido, en que la voz del hombre recobra la tonalidad del niño aterrado: por sus piernas trepaba un precipitado río de hormigas negras. Alrededor de él la corrección devoradora oscurecía el suelo, y el contador sintió, por bajo del calzoncillo, el río de hormigas carnívoras que subían.
Su padrino halló por fin, dos días después, y sin la menor partícula de carne, el esqueleto cubierto de ropa de Benincasa. La corrección que merodeaba aún por allí, y las bolsitas de cera, lo iluminaron suficientemente.
No es común que la miel silvestre tenga esas propiedades narcóticas o paralizantes, pero se la halla. Las flores con igual carácter abundan en el trópico, y ya el saber de la miel denuncia en la mayoría de los casos su condición; tal el dejo a resina de eucaliptus que creyó sentir Benincasa.

jueves, 29 de septiembre de 2011

fragilidad

aunque la idea que tenemos sobre ellos es la de fragilidad, los huevos son en realidad pequeñas maravillas de la resistencia y economía de recursos para soportar embates del exterior, así como mantener su potencial.
su contenido es ingrediente esencial de las cocinas/culturas de casi todo el mundo, su manejo requiere siempre de un adecuado nivel de atención,  mas allá de la simplicidad aparente del resultado final ( sea prueba de esta afirmación  un huevo poche, o la levedad un merengue) o los desastres que pueden ocurrir si no tomamos en cuenta todos los factores intervinientes (y aquí la muestra es el tantas veces fracasado souffle, si prospera se roza la gloria )
las ideas como sostén de la innovación en las sociedades, tienen entonces una cierta semejanza con nuestro ingrediente de hoy, tanto en su potencialidad como en los requerimientos de manejo para llegar a buenos resultados.
la muestra esta vez es de jonathan swift de su para nada infantil viajes de gulliver

fragmento del capitulo IV, de la primera parte Un viaje a Liliput


  Una mañana, a los quince días aproximadamente de haber obtenido mi libertad, Reldresal, secretario principal de Asuntos Privados -como ellos le intitulan-, vino a mi casa acompañado sólo de un servidor. Mandó a su coche que esperase a cierta distancia y me pidió que le concediese una hora de audiencia, a lo que yo inmediatamente accedí, teniendo en cuenta su categoría y sus méritos personales, así como los buenos oficios que había hecho valer cuando mis peticiones a la corte. Le ofrecí tumbarme para que pudiera hacerse oír de mí más cómodamente; pero él prefirió permitirme que lo tuviese en la mano durante nuestra conversación. Empezó felicitándome por mi libertad, en la cual, según dijo, podía permitirse creer que había tenido alguna parte; pero añadió, sin embargo, que a no haber sido por el estado de cosas que a la sazón reinaba en la corte, quizá no la hubiese obtenido tan pronto. «Porque -dijo- por muy floreciente que nuestra situación pueda parecer a los extranjeros, pesan sobre nosotros dos graves males: una violenta facción en el interior y el peligro de que invada nuestro territorio un poderoso enemigo de fuera. En cuanto a lo primero, sabed que desde hace más de setenta lunas hay en este imperio dos partidos contrarios, conocidos por los nombres de Tramecksan y Slamecksan, a causa de los tacones altos y bajos de su calzado, que, respectivamente, les sirven de distintivo. Se alega, es verdad, que los tacones altos son más conformes a nuestra antigua constitución; pero, sea de ello lo que quiera, Su Majestad ha decidido hacer uso de tacones bajos solamente en la administración del gobierno y para todos los empleados que disfrutan la privanza de la corona, como seguramente habréis observado; y por lo que hace particularmente a los tacones de Su Majestad Imperial, son cuando menos un drurr más bajos que cualesquiera otros de su corte -el drurr es una medida que viene a valer la decimoquinta parte de una pulgada-. La animosidad entre estos dos partidos ha llegado a tal punto, que los pertenecientes a uno no quieren comer ni beber ni hablar con los del otro. Calculamos que los Tramocksan, o tacones-altos, nos exceden en numero; pero la fuerza está por completo de nuestro lado. Nosotros nos sospechamos que Su Alteza Imperial, el heredero de la corona, se inclina algo hacia los tacones-altos; al menos, vemos claramente que uno de sus tacones es más alto que el otro, lo que le produce cierta cojera al andar. Por si fuera poco, en medio de estas querellas intestinas, nos amenaza con una invasión la isla de Blefuscu, que es el otro gran imperio del universo, casi tan extenso y poderoso como este de Su Majestad. Porque en cuanto a lo que os hemos oído afirmar acerca de existir otros reinos y estados en el mundo habitados por criaturas humanas tan grandes como vos, nuestros filósofos lo ponen muy en duda y se inclinan más bien a creer que caísteis de la Luna o de alguna estrella, pues es evidente que un centenar de mortales de vuestra corpulencia destruirían en poco tiempo todos los frutos y ganados de los dominios de Su Majestad. Por otra parte, nuestras historias de hace seis mil lunas no mencionan otras regiones que los dos grandes imperios de Liliput o Blefuscu, grandes potencias que, como iba a deciros, están empeñadas en encarnizadísima guerra desde hace treinta y seis lunas. Empezó con la siguiente ocasión: Todo el mundo reconoce que el modo primitivo de partir huevos para comérselos era cascarlos por el extremo más ancho; pero el abuelo de su actual Majestad, siendo niño, fue a comer un huevo, y, partiéndolo según la vieja costumbre, le avino cortarse un dedo. Inmediatamente el emperador, su padre, publicó un edicto mandando a todos sus súbditos que, bajo penas severísimas, cascasen los huevos por el extremo más estrecho. El pueblo recibió tan enorme pesadumbre con esta ley, que nuestras historias cuentan que han estallado seis revoluciones por ese motivo, en las cuales un emperador perdió la vida y otro la corona. Estas conmociones civiles fueron constantemente fomentadas por los monarcas de Blefuscu, y cuando eran sofocadas, los desterrados huían siempre a aquel imperio en busca de refugio. Se ha calculado que, en distintos períodos, once mil personas han preferido la muerte a cascar los huevos por el extremo más estrecho. Se han publicado muchos cientos de grandesvolúmenes sobre esta controversia; pero los libros de los anchoextremistas han estado prohibidos mucho tiempo, y todo el partido, incapacitado por la ley para disfrutar empleos. Durante el curso de estos desórdenes, los emperadores de Blefuscu se quejaron frecuentemente por medio de sus embajadores, acusándonos de provocar un cisma en la religión por contravenir una doctrina fundamental de nuestro gran profeta Lustrog, contenida en el capítulo cuadragésimocuarto del Blundecral -que es su Alcorán-. No obstante, esto se tiene por un mero retorcimiento del texto, porque las palabras son éstas: «Que todo creyente verdadero casque los huevos por el extremo conveniente». Y cuál sea el extremo conveniente, en mi humilde opinión, ha de dejarse a la conciencia de cada cual, o cuando menos a la discreción del más alto magistrado, el establecerlo. Luego, los anchoextremistas han encontrado tanto crédito en la corte del emperador de Blefuscu y aquí tanta secreta asistencia de su partido, que entre ambos imperios viene sosteniéndose una sangrienta guerra hace treinta y seis lunas, con varia suerte, y en ella llevamos perdidos cuarenta grandes barcos y un número mucho mayor de embarcaciones más pequeñas, junto con treinta mil de nuestros mejores marinos y soldados; y se sabe que las bajas del enemigo son algo mayores que las nuestras. Pero ahora han equipado una flota numerosa y están precisamente preparando una invasión contra nosotros, y Su Majestad Imperial, poniendo gran confianza en vuestro valor y esfuerzo, me ha ordenado exponer esta relación de sus negocios ante vos.»
     Rogué al secretario que presentase mis humildes respetos al emperador y le hiciera saber que juzgaba yo no corresponderme, como extranjero que era, intervenir en cuestiones de partidos; pero que estaba dispuesto, aun con riesgo de mi vida, a defender su persona y su estado contra los invasores.


domingo, 18 de septiembre de 2011

invisibles

hay determinadas formas de consumo de los alimentos, especialmente donde los adquirimos o el tiempo que dedicamos a la selección, que hace que perdamos de vista su origen.
todos sabemos que la leche viene de la vaca y las papas de la tierra, pero ¿quien hace el esfuerzo por sacar estos elementos y ponerlos a nuestra disposición?
con el tiempo se han vuelto actores invisibles, y tendemos a creer que los sacrificios que se hacían en pro de conseguir alimentos, fueron superados por la técnica.
es más, muchas técnicas; y me refiero a tecnologías y palabras asociadas a estos procesos, contemplación de tiempos y entorno, se van perdiendo en ese mismo proceso de invisibilidad.
los trabajadores de los alimentos han desaparecido de nuestro horizonte, y han sido sustituidos por el reponedor del supermercado en el mejor de los casos.
pero siempre están las letras y sus porfías, y a ellos muchos los han recordado dándoles hasta un aura romántica.
esta vez sera Toto la momposina la se empeñara en el recuerdo de estas artes relacionadas a los alimentos.los versos son de José Benito Barros Palomino




domingo, 4 de septiembre de 2011

cruzando el mar

intentando huir de su destino de penitencia de viernes y cuaresma, los peces son en su variedad  uno de los manjares mas deliciosos que se nos ofrecen.
y estos viajeros de las aguas han sabido recorrer el mundo y llevar de unas culturas a otras diferentes formas de preparación a cual mas deliciosa.
quienes han sido responsables legítimos en esta travesía pesquera y culinaria, son en este caso los portugueses; por ejemplo, llevaron al Japón la modalidad de freír un bocado de pez envuelto en una crema de harina, lo que conocemos como "a la portuguesa" y alli se afinco y se desarrollo el tempura. 
también por el cruce del Atlántico desde África a Brasil, en pleno comercio esclavista, son responsables de nuevas formas de cocina, pero en este caso son los africanos los que adaptan sabores y modalidades a la nueva tierra haciendo cocina fusión antes de tiempo.
 y la pesca de estos territorios va a proveer de infinitos productos que harán la delicia de todos.
así como lo hará la fantástica clara nuñez invitándonos con lo que probablemente sea un plato ejemplo de estos cruces marinos.




martes, 30 de agosto de 2011

invitados: solo para dos

en ocasiones como esta, lo que se comparte es algo mas que la mesa.
salen a la luz recuerdos, dolores y alegrías. se confirma que el pasado fue o no mejor, que  se pudo sobrevivir, que acá estamos y pensamos seguir.
son momentos que requieren fuego y carne, y de ser posible buen vino.
puede haber lagrimas (no son imprescindibles), tiene que haber risas (así fuimos y así nuestras palabras), va a haber algún silencio.
dos confirmando un vinculo y construyendo hacia el futuro.
que el humo y las risas no nos confundan, estamos ante un momento sagrado.
desde el norte argentino pepe nuñez y juan falu trabajaron  sobre esta imagen llevándola a una hondura prodigiosa. y pone la voz para hacerla suya la gran liliana herrero


ZONKO QUERIDO (Letra: Pepe Núñez - Música: Juan Falú)

Venga póngase a mi lado
y así charlaremos largo
afinemos nuestros trancos
porque hay senda para rato
desensillo mis palabras y usted
haga vuestro gasto

Abundosos de recuerdos
los dos somos buen comienzo
y esta parla tan certera
acopiando buenamente
los amores y las penas, señor
tan prolijamente

Corazón yo lo respeto
y usted corazón lo sabe
estuvimos codo a codo
yo pichón y usted mandando
hoy deshago mis rincones sin luz
y hago luz cantando
 
Puse y pongo en la parrilla
cortes finos y achurajes
muy gustoso porque puedo
me aso lento a viva vida
corazón deje que le hable
deje corazón que siga

Que lo tengo no lo dudo,
también que lo cargo al hombro
por ahí se me recula,
rara forma de tenernos
cuanto me hace bien su pulso
capaz cuando pierdo el freno

Acuérdese de las veces
que yo casi sin aliento
mordisqueaba soledades
que porfiaban y porfiaban
qué atropellos de latidos señor
cómo cajoneaban

Cómo habrá de ser mañana
¡caray!...
crecerán los huecos tristes...
O si el que arruga fulero soy yo
¡cálleme maestro!