miércoles, 17 de noviembre de 2010

fiesta magica

para quienes amamos la literatura y la cocina en igual medida, hay autores que nos proporcionan tal deleite que hacen que su lectura se repita y repita y repita.
tal es el caso de Jorge Amado, brasileño que ha hecho que suspiremos por los paisajes de Bahia y por su variadisima cocina.
Amado ha sabido llevar a las letras una de las características principales de este territorio como es la influencia de la diáspora africana en América.
y en su novela La desaparición de la santa, aparece con fuerza este tema y la intima relación de la población negra con la cultura de esta ciudad.
de la mano de la orixa Iansa nos vamos internando en un mundo complejo donde la felicidad y los problemas eternos del ser humano, el amor, la libertad, la dignidad van desarrollándose en al son de los atabaques
y esta cultura tiene puntos altos, cuando se detiene en la cocina del lugar, resultado de la mezcla de los productos de América , manos, modos y gustos de África, y aportes de Europa.
la visión de la cultura afro en Amado es de tal respeto y rigor que ha sido el gran difusor de esta, desde Bahia al mundo, y sin perder por eso la gracia del artista.
y por eso para acompañarlo solo se puede convocar a Maria Bethania ofreciendo su voz a la orixa Oia-Iansa

fragmento de la desaparición de la santa:

EL VUELO DE LA GOLONDRINA. Sensación de alivio, de bienestar, el deseo único y urgente de vivir, insidiosa euforia, dulce locura: la golondrina liberta batía las alas, lista para alzar el vuelo y descubrir el mundo: Manela reía sin freno.

En la plaza en torno de la Basílica y en las calles al pie de la Colina, el pueblo había dado comienzo al carnaval: mes y medio de juerga y diversión, de fiesta sin parar, que nadie es de hierro para aguantar durante el año entero las amarguras de la vida, la miseria y la opresión, la desgracia vil e ilimitada. El don de hacer la fiesta aun en medio de semejantes y calamitosas condiciones es propio y exclusivo de nuestro pueblo, y merced del Señor de Bomfim y de Oxalá: los dos juntos suman uno, el Dios de los brasileños, nacido en Bahía.

Desfilaban blocos y afoxés, los Hijos de Gandhi hacían la primera figuración del año, y la música de los tríos eléctricos resonaba en un horizonte de palafito y barro, en la podredumbre de los Alagados. Vendedores atravesaban la multitud ofreciendo cintas de Bomfim, medallas y estampas, santitos de colores, figas y patuás. Numerosa clientela de turistas acudía, alborozada y turbulenta. En los tableros olorosos, los acarajés, los abarás, el pescado frito, los cangrejos, la moqueca de aratu envuelta en hojas de banana, el acagá de maíz. En los puestos atestados, ruidosos, las comidas de coco y de dende: carurú, vatapá, efó, las diversas frituras y las diferentes moquecas, ¡tantas!, gallina de xinxitn, arroz de haucá. La cerveza bien helada, lasbati das, el jugo de lambreta, afrodisíaco incomparable. Las canastas de frutas, suntuosas: mango-espada, calota, corazón de buey e itiúba, mango rosa, sapotas, sapotis, cajas, cajaranas, cajus, pitangas, jambos, carambolas, once clases de bananas, tajadas de ananá y sandía. Todo a punto de agotarse, sin embargo los puestos no daban abasto a la clientela vasta y voraz: comilona a manos llenas.



video

miércoles, 3 de noviembre de 2010

siempre presentes

ajos y cebollas son el punto de partida para muchas cocinas alrededor del mundo e incluso en tiempo de carestía no solo son la base sino que son lo único. contigo pan y cebolla es el juramento con el que se lanzan algunos a la aventura de compartir sus vidas, y eligen como compañeros a las cebollas. primos inseparables, con sabores bien definidos, y con amores y odios así de claros también. y quienes no son sus amigos no les reconocen que han estado presentes en las literaturas mas antiguas con mayor o menor protagonismo. baste recordar a los hijos de Israel quejandose en el desierto por estar hartos del mana en Números 11

"5. Nos acordamos del pescado que comíamos en Egipto de balde, de los pepinos,

los melones, los puerros, las cebollas y los ajos;

6. y ahora nuestra alma se seca; pues nada sino este maná ven nuestros ojos."

claro que no es en la literatura en lo que piensa quien quiere librar a su aliento de la compañía de nuestros permanentes bulbos, ya que el no lograrlo acarrea un demérito en nuestra vida social. de un modo mas que aleccionate en las inagotables mil y una noches se ven claramente las consecuencias que traen el disfrute de un delicioso plato de arroz con ajo.

las mil y una noches- anonimo

relato del intendente del rey de la china-noche 27

...Transcurrido el plazo indispensable para los preparativos de la boda, Sett-Zobeida rogó al emir de los Creyentes el permiso para la boda. Y el califa, después de dar su venia, regaló a la joven diez mil dinares de oro. Y Sett-Zobeida mandó a buscar al kadí y a los testigos, que escribieron el contrato de matrimonio. Después empezó la fiesta. Se prepararon dulces de todas clases y los manjares de costumbre. Comimos, bebimos y se repartieron platos de comida por toda la ciudad, durando el festín diez días completos. Después llevaron a la joven al hammam para prepararla, según es uso.

Y durante este tiempo se puso la mesa para mí y mis convidados, y se trajeron platos exquisitos, y entre otras cosas, en medio de pollos asados, pasteles de todas clases, rellenos deliciosos y dulces perfumados con almizcle y agua de rosas, había un plato de rozbaja capaz de volver loco al espíritu más equilibrado.

Y yo, ¡por Alah! en cuanto me senté a la mesa, no pude menos de precipitarme sobre este plato de rozbaja y hartarme de él. Después me sequé las manos.

Y así estuve tranquilo hasta la noche. Pero se encendieron las antorchas y llegaron las cantoras y tañedoras de instrumentos. Después se procedió a vestir a la desposada. Y la vistieron siete veces con trajes diferentes, en medio de los cantos y del sonar de los instrumentos. En cuanto al palacio, estaba lleno completamente por una muchedumbre de convidados. Y yo, cuando hubo terminado la ceremonia, entré en el aposento reservado, y me trajeron a la novia, procediendo su servidumbre a despojarla de todos los vestidos, retirándose después.

Cuando la vi toda desnuda y estuvimos solos en nuestro lecho, la cogí entre mis brazos; y tal era mi ventura, que me parecía mentira el poseerla. Pero en este momento notó el olor de mi mano con la cual había comido la rozbaja, y apenas lo notó lanzó un agudo chillido. Inmediatamente acudieron por todas partes las damas de palacio, mientras que yo, trémulo de emoción, no me daba cuenta de la causa de todo aquello. Y le dijeron: "¡Oh hermana nuestra! ¿Qué te ocurre?" Y ella contestó: "¡Por Alah sobre vosotras! ¡Libradme a escape de este estúpido, al cual creí hombre de buenas maneras!" Y yo le pregunté: "¿Y por qué me juzgas estúpido o loco?"

Ella dijo: "¡Insensato! ¡Ya no te quiero, por tu poco juicio y tu mala acción!" y cogió un látigo que estaba cerca de ella, y me azotó con tan fuertes golpes, que perdí el conocimiento. Entonces ella se detuvo, y dijo a las doncellas: "Cogedlo y llevádselo al gobernador de la ciudad, para que le corten la mano con que comió los ajos". Pero ya había yo recobrado el conocimiento, y al oír aquellas palabras, exclamé: "¡No hay poder y fuerza más que en Alah Todopoderoso! ¿Pero por haber comido ajos me han de cortar una mano? ¿Quién ha visto nunca semejante cosa?" Entonces las doncellas empezaron a interceder en mi favor, y le dijeron: "¡Oh hermana, no le castigues esta vez! ¡Concédenos la gracia de perdonarle!" Entonces ella dijo: "Os concedo lo que pedís; no le cortarán la mano, pero de todos modos algo he de cortarle de sus extremidades". Después se fué y me dejó solo.

En cuanto a mí, estuve diez días completamente solo y sin verla. Pero pasados los diez días, vino a buscarme y me dijo: "¡Oh tú, el de la cara ennegrecida!"

¿Tan poca cosa soy para ti, que comiste ajo la noche de la boda? Después llamó a sus siervas y les dijo: "¡Atadle los brazos y las piernas!" Y entonces me ataron los brazos y las piernas, y ella cogió una cuchilla de afeitar bien afilada y me cortó los dos pulgares de las manos y los dedos gordos de ambos pies. Y por eso, ¡oh todos vosotros! me veis sin pulgares en las manos ni en los pies.

En cuanto a mí, caí desmayado. Entonces ella echó en mis heridas polvos de una raíz aromática, y así restañó la sangre. Y yo dije, primero entre mí y luego en alta voz: "¡No volveré a comer rozbaja sin lavarme después las manos cuarenta veces con potasa, cuarenta con soda y cuarenta con jabón!" Y al oírme, me hizo jurar que cumpliría esta promesa, y que no comería rozbaja sin cumplir con exactitud lo que acababa de decir.

Por eso, cuando me apremiabais todos los aquí reunidos a comer de ese plato de rozbaja que hay en la mesa, he palidecido, y me he dicho: "He aquí la rozbaja que me costó perder los pulgares". Y al empeñaros en que la comiera, me vi obligado por mi juramento de hacer lo que visteis"...

sábado, 30 de octubre de 2010

fraternidad

esta claro que el ser humano tiende a la unión con sus compañeros de especie.
nos unimos para el amor y para la guerra , para construir pirámides o para contar viejas historias oídas mil veces ya. la del marino que no podía regresar a su hogar luego de la guerra o la del partido donde erramos ese gol por la mirada de aquella chiquilina que nos amaba.
todo nos sirve para la unión y esa unión es excusa para la copa que transforma el ámbito del bar en un recinto con reglas y modos propios.
la camaradería masculina ha hecho culto de esta instancia donde el espíritu del alcohol nos acompaña y entusiasma. y el bar, una de las puertas al templo del placer, se transforma en el espacio donde la fraternidad se exalta y donde nuestras diferencias se mantienen pero no nos separan. todo se mezcla en el bar en proporciones inexactas, amor, dolor, machismo y amigos, ternura y códigos de honor. en fin las vueltas de la vida y el omnipresente alcohol.
el gran poeta del tango enrique santos discepolo describe esto con universal maestría y la conjunción de raúl castro y jaime roos nos regalan otra joya con sabor a tango. (y aunque no lo dije algunas mujeres también van a los bares y comparten esto con nosotros)

cafetin de buenos aires

De chiquilín te miraba de afuera

como a esas cosas que nunca se alcanzan...
La ñata contra el vidrio,
en un azul de frío,
que sólo fue después viviendo
igual al mío...
Como una escuela de todas las cosas,
ya de muchacho me diste entre asombros:
el cigarrillo,
la fe en mis sueños
y una esperanza de amor.

Cómo olvidarte en esta queja,
cafetín de Buenos Aires,
si sos lo único en la vida
que se pareció a mi vieja...
En tu mezcla milagrosa
de sabihondos y suicidas,
yo aprendí filosofía... dados... timba...
y la poesía cruel
de no pensar más en mí.

Me diste en oro un puñado de amigos,
que son los mismos que alientan mis horas:
(José, el de la quimera...
Marcial, que aún cree y espera...
y el flaco Abel que se nos fue
pero aún me guía....).



video

sábado, 23 de octubre de 2010

todo viene de china

esta expresión que suele escucharse habitualmente en las tiendas, también es cierta para una fruta deliciosa y popular como es el durazno.
compleja la relaciónque he mantenido con ellos a lo largo del tiempo, ya que casi no tolero la sensación que produce su aterciopelada piel en el paladar, pero su sabor y capacidad para refrescar hace que una y otra vez vuelva a ellos (siempre el placer y el dolor... ).
capaces de mutar para complacernos y generar al magnifico pelón, solución a todos mis problemas, no puedo mas que pensar en ellos, si quiero al instante, recuperar el verano.
viajeros de lata, que se han establecido en todo el mundo, lo que hace que casi olvidamos su oriental origen.
tanto es asi que hablaran sobre ellos la mexicana carmen boullosa, y el argentino luís alberto spinetta.


poema XII Durazno...

Durazno
miel de la uva,
fibra del pérsimon:
me ofreces un glosario de carnes
en cada beso.

***

y ahora el maestro spinetta y su durazno sangrando



video

lunes, 18 de octubre de 2010

visto del otro lado

si algo representa la diversidad es la variedad alimenticia de latinoamerica, donde hay de todo y todo se come de miles de formas diferentes. pero algo que amamos con particular emoción es la carne vacuna.
hemos adaptado a la vaca del norte al sur, a nuestros llanos y alturas, calores o frios y alli va ella acompañandonos camino al gastronómico sacrificio.
la hemos llevado a nuestras ollas, tortillas, empanadas y hallacas, mechada o desmechada y en especial a nuestras parrillas, punto de reunion induscutido en torno al fuego y el asado.
claro que pocas veces pensamos en el animal y su dolor (menos yo carnívoro confeso), pero latinoamerica que ama la música y a través de ella reflexiona, a creado dos obras maestras de la canción popular.
desde mi tierra, alfredo zitarrosa en su obra maestra guitarra negra, nos pone frente y sin rodeos, la experiencia del matadero solo consigno parte del texto, una maravilla en su totalidad y en su voz, les recomiendo busque la totalidad) y con igual maestría desde Venezuela, el gran simón díaz nos deleita con la vaca mariposa, una joyita a la hora de hacernos ver el dolor causado por nuestras cocinas, de la forma mas dulce posible (opte por una versión donde se lo ve rodeado por su pueblo y el amor que le tienen). ahí van los dos:

guitarra negra (fragmento)

...Temblando, con el frontal partido con el marrón, por el marronero, cae sobre sus costillas, pesada como un mundo, la res... Cae con estrépito, de bruces sobre el cemento... Balando al descuajarse su osamenta, ya sólo un pobre costillar enorme, ya sólo un pobre cuero y sangre, media tonelada de huesos astillados, hincados en toda esa vida temblorosa y atónita. . . Ahi se va alzando, como un pesado pingajo, atrapada por la pata por un gancho que le salta arriba, que la alza por un ojal abierto en el garrón de un cuchillazo en plena estupidez sentimental, en plena media tonelada de monstruoso dolor, incomprensible, absurdo, balando, plañidera y tonta, como un escarabajo que no piensa, mientras medita lentamente por qué duele tanto y por qué duele qué parte de quien que es ella misma, la res, abierta al descuartizamiento atroz por todas partes, que nunca habian dolido y que eran tantas partes, tan extensas. . . Y que pastando nunca habia dolido... Haciendo leche, esperma, músculos, crin y cuero y cornamenta viva, que eran la vida misma manando hacia sus adentros, vibrando tiernamente como un sol cálido hacia sus adentros... Y nunca habían dolido... Ya está colgada... Las patas delanteras se enderezan, se endurecen y avanzan hacia adelante y hacia arriba, implorantes y fatalmente rígidas, rematadas en cortas pezuñas que hace un instante amasaban el barro del corral, el estiércol de otros cien balidos, Dinosaurios del siglo de las máquinas, nacidos para morir de un marronazo... Ahora ya es carne azul colgada en la heladera: "Uruguay for export"... Aquella res, que murió de un marronazo, cayó y tembló todo el frigorífico... Aquella otra res que recibió el marronazo en plena frente, de dos dedos de espesor, mientras entraba al tubo desconfiando porque allí no habia pasto, alcanzó a comprender que había otra res delante, balando, que ya se la llevaba el gancho... Y cayó detrás, también, y el cemento tembló bajo esos huesos... Aquella otra res, que esquvó el marronazo y que cayó también, con un ojo reventado y una guampa partida, deshecha también cayó y tembló la tierra, tembló el marrón, tembló el marronero; la res, murió temblando de dolor y de miedo... De un marronazo en plena frente "for export" del Uruguay...

y aqui el maestro simón díaz


video

viernes, 15 de octubre de 2010

pequeños cofres de tesoros

esta mañana, porque hoy para variar escribo por la mañana, tengo ganas de comer nueces.
algo raro, ya que si bien me gustan, las asocio a la navidad y toda su parafernalia.
y me doy cuenta que al fjarlas en ese extremo del calendario, olvido muchos otros placeres que suelen adjudicarseles. tampoco percibo entonces, su cerebral formato y su ternura firme bajo la firme piel.
recuerdo la primera vez que me acerque a las nueces aun en el árbol, el asombro frente al portentoso gigante y la extrañeza ante esas gemas verdes y de fragancia no del todo agradable. y la mancha/marca que dejo en mis dedos y que prometía ser para siempre.
se me ocurre que las nueces fueron un presagio de la poesía y las marcas que habría de dejar en mi, ya en el árbol portentoso o en la mesa navideña.
por eso me asiste hoy un poeta, Humberto Megget de la celebrada generación del 45 en uruguay, y su libro Nuevo sol partido.

dile a las nueces que se partan solas
no me quedan fuerzas
llama al médico
dile a las nueces que se pongan tristes
no me quedan risas
llama al médico
dile a las nueces que no tengo verbos
ya no tengo verbos
llama al médico
dile a las nueces que me quieran siempre
dile a las nueces
llama al médico
dile a las nueces que ahora tengo versos
dile a las nueces que ahora tengo versos
dile a las nueces que ahora tengo versos
no llames al médico

domingo, 10 de octubre de 2010

atras ratones!!!

Tengo que volver a escribir, lo necesito como necesito ir al mercado, la feria como decimos acá. Y quien me impulsa a volver es el recuerdo del salado hijo de la leche: el queso.
Parte de la imagineria infantil, materia prima de la luna, alimento esencial de ratones y de pasta llena de ojos de un tiránico amarillo.
Pero esta pasta tiene una variedad tan grande como sabrosa y es en el mercado que podemos encontrarlo al alcance de la mano y boca terrestres.
Angelica Gorodischer en su disfrutable novelita (no es peyorativo, es cálida admiración) hace de esto una magnifica descripción:

....La cosa era así, don Leonel amaba la comida ni falta que hace decirlo. Cuando en alguna mañana tenia un rato disponible, sobre todo si Selene no andaba vigilandolo, se iba a recorrer el mercado central, a mirar, a comerse con los ojos, lo que comería esa noche o al otro día; andaba por los puestos de verdura acariciando las berenjenas y los tomates y las ciboulettes y los calabacines dorados; y por los de carnes mirándolos cortes y los colores de cada uno. Se detenía en las fiambrerias, olia los jamones, los chacinados, los encurtidos. Y los quesos, ah los quesos: "todos los dias un queso y al año un queso". De pasta blanda o de pasta dura, no importaba, los Brie, los Camembert, Neufchatel, Gerardmer, Malakofts y los de cabra de Saint Marcelin; los duros de grana, Cacciocavallo, Cheddar, Ementhal. El cafe en grano, el azúcar, las harinas, la miel, los aceites. Los panes de oro que eran por dentro blancos como la nieve. Volvía a casa maravillado, agradecido de vivir en un mundo de pulpas jugosas, de bocados crocantes, de rojos granos de sabor fuerte y amarillos dulces como una caricia, pensando en lo que comeria mañana o esta noche, o pasado mañana. Comería lo que le diera la gana: lo había visto todo y solo tenia que elegir. Le gustaba el olor de los manjares, le gustaba comer, le gustaba cocinar. Era enormemente feliz tanto en la cocina como en la mesa...

jueves, 5 de agosto de 2010

una huerta

recorrer estas pequeñas extensiones de tierra que nos proveen de maravillas para la mesa, es uno de esos pequeños placeres, que se equiparan al de la lectura de un buen libro. cada aroma, cada fruto o los errores en lo que caemos al intertar reconocer- citadinos al fin y al cabo- son pequeños tramos de una divertida nouvelle.
pero la maravillosa literatura a veces nos ofrece experiencias extrañas incluso en las pacificas huertas.
y nuestro proveedor es Napolen Baccino Ponce de Leon y su ya clásica novela Maluco.
aquí adquiere la huerta dimensiones fantásticas , frutas y flores adquieren un carácter inesperado....
leamos,.. estamos en tiempos de la conquista:

..."En esos breves instantes de profunda quietud que si­guen al ángelus, cuando los colores se apagan y los olo­res se hacen más nítidos, estaba yo con ambos codos apoyados en la amurada viendo cómo se desteñía el ho­rizonte del lado del poniente, cuando mi olfato perci­bió algo extraño.

Era un aroma raro, ajeno a las naves. Era como el olor de los huertos de Sevilla, así que por un instante pensé que se trataba de un recuerdo. Pero no, era dema­siado intenso y concreto. Podía percibir claramente el olor de la tierra y el del estiércol. El aroma de los azaha­res era inconfundible. Embalsamaba el aire quieto su­perponiéndose al del mar. Entonces fue cuando pensé en la Concepción, que estaba allí como siempre, mecién­dose como una sombra; la bucólica de don Hernando había transformado la nave de Gaspar de Quesada en un huerto flotante. Recordé entonces que ya otra vez, cuando la falta de vientos nos había detenido frente a la costa del África, había percibido un aroma semejante. Sólo que ahora el olor era mucho más intenso y defini­do. Ya no surgía por contraste con el tufo del mar; ahora estábamos rodeados por una vegetación exuberante, rica en fragancias y, sin embargo, el perfume de la Con­cepción se imponía rotundo e inconfundible; os lo repito Majestad: eran esencias de un huerto de Sevilla lo que mi judía nariz percibía.

Entonces fijé mis ojillos en aquella nave que duran­te tanto tiempo había mirado sin ver; tan familiar se me había hecho su presencia.

Y vi las jarcias colgando flojas de la arboladura, se­mejantes a esos bejucos que penden por doquier en la selva. Vi los hierros y los bronces cubiertos de cardeni­llo. Vi las algas que crecían del casco como barbas, acentuando su aspecto vegetal. Vi las copas de los árbo­les atestando la crujía, compitiendo en altura con el castillaje de popa y sobrepasando la tolda. Vi gruesas ra­mas asomando por la porta que hacía de escobén a proa. Vi las guías de las enredaderas en flor, naciendo de la boca de los cañones y escapando por las troneras, buscando el sol...

Corrí donde mi amo, que vigilaba la tarea de encen­der los faroles en el coronamiento de popa:

—Observad la Concepción —dije trémulo y en voz muy baja, que él era amigo en todo de la mayor reserva.

Don Hernando me miró sin comprender. Enton­ces, colgándome de su brazo (el frío del hierro me re­pugnó al tacto), añadí:

—Las plantas, señor. Se han adueñado de la nave.

Él sonrió y me acarició brevemente la cabeza; tenía esos inesperados gestos de ternura que llenaban, cada vez, mis ojos de lágrimas.

—No tengo tiempo ahora —dijo—. Luego platica­remos. —Y como viera que yo me alejaba—: Anda, vete ahora —agregó con dulzura.

Lo peor de esta profesión de nos que es la de ser fa­bricantes de ilusión y creadores de folganza, es que na­die nos toma en serio cuando hablamos en serio, ni se cuidan de nuestras prevenciones y avisos por atinados que ellos sean, que venimos en esto a parecemos a aquella señora Casandra, que con poder prever el futuro, la maldición de don Apolo le impedía comunicárse­lo a los suyos, que se la tomaban a chacota y asistió así, impotente, a la ruina de su casa.

Me retiraba molesto con mi señor, pensando: que te lleve el demonio, cuando mis tontos escrúpulos me hicieron volver.

—Capitán, escuchadme, por favor —dije—. Esto no es una broma. Asómate del lado de babor y lo verás con tus propios ojos. Azótame si son jaranas.

Él me miró sorprendido. Dio dos pasos con desga­no y se quedó viendo cómo las sombras de la noche crecían desde el fondo de la bahía envolviendo a la Concepción; era más intenso su aroma en la negrura.

—Se diría que la madera misma de la que está hecha reverdecerá —comenté yo.

A la mañana siguiente, el Capitán General, el maes­tre Juan Bautista, el carpintero mayor y el calafate Feli­pe contemplan mudos de asombro aquella extraña cosa vegetal que se mece a pocos metros del esquife y crece hasta ocultar el ciclo cuando estamos junto a ella.

Nos reciben el contramaestre de la Concepción, Joan de Acurio, y el maestre Juan Sebastián. Acurio es un hombre jovial y agradable, con unas manos enormes y carnosas, tibias como palomas. El maestre en cambio, tiene un no sé qué hipócrita que se esfuerza en disimular con la máscara de su falsa modestia y de sus modales obsequiosos, por lo que todos le tenían entonces por un hombre sencillo e inofensivo, empezando por mi señor.

—¿Dónde está el capitán? —pregunta mi amo mientras sus ojos recorren inquietos la cubierta.

Por todas partes el follaje cierra el paso a las mira­das, confunde, alterando la geografía del galeón, y tras­tornándolo todo. Aquí y allá relumbran las naranjas, bañadas por la suave luz del amanecer. Asoman entre la fronda oscura los limones. Relucen como joyas las aceitunas. Los olivos se doblan bajo su carga, las fuertes raíces se abren paso a través de las maderas de las barri­cas, rompen los aros de hierro carcomidos por el orín e invaden la cubierta. Desde los almácigos, el tomillo, el perejil y la albahaca, perfuman la mañana. También hay berenjenas, morunas y catalanas. Y melones, la fruta preferida de don Hernando, que tapizan el alcázar y se enroscan al pie del palo mayor.

En medio del asombro nos topamos con Gaspar de Quesada que nos aguarda sonriente a la entrada del cas­tillo de popa.

Son de oro los cabellos del capitán de la Concepción que se parece en ello a su madre, dama de alta alcurnia, natural de Brujas; pero no ha heredado su piel de un rosa encendido, sino la morena del conde, su padre. Sus ojos, grandes y rasgados, son de un azul acerado que contrasta graciosamente con la tez del rostro, brillante de sudor. Hay en ellos cierta expresión de candor que irradia un poderoso encanto al que no escapan ni hom­bres ni mujeres. El rostro de pómulos altos y vigorosa quijada parece, por la fineza de sus rasgos, obra del más hábil artífice. Es fuera de toda duda, la suya, una her­mosa cabeza; grande y noble como un mármol antiguo. Verdadera obra de arte digna de que Vuestra Majestad la tuviera en palacio sobre un pedestal de pórfido.

—¿Qué es todo esto? —pregunta don Hernando antes de que Gaspar pueda saludarlo según la usanza.

Una expresión de estupor se dibuja por un instante en el rostro infantil del capitán de la Concepción. Pare­ce no haber entendido la pregunta. Pero vuelve a son­reír despreocupadamente.

—Vuestro huerto —dice al fin—. ¿Qué os parece?

—Echa todo al agua. Que no quede ni una sola planta.

Gaspar parece confundido.

—No se pueden domeñar, señor —interviene Acu­no-—. Desde que estamos aquí, crecen tan rápido que es inútil podarlas, no hay tiempo para trasplantarlas y tampoco para cosechar cuanto producen.

—Deshazte de ellas —dice don Hernando, esta vez dirigiéndose a Joan de Acurio—. Dejaré a Juan Bautista y al carpintero; también al calafate Felipe. Habrá que acondicionar la nave.

—¿Realmente queréis arrojar todo esto por la bor­da? —pregunta Gaspar de Quesada.

Hay una pausa en la que mi amo pasea su mirada por sobre el extraño bosque.

—A menos que seas capaz de navegar una isla en pleno océano... —replica con una sonrisa burlona.

—Pero vos dijisteis que el escorbuto... —dice súbi­tamente seno el capitán de la Concepción.

—Prefiero luchar contra la muerte —contesta don Hernando, dándole la espalda.

De pronto, como si hubiera recordado algo impor­tante, se vuelve.

—Menos la tierra —dice—. Conservad la tierra.

Ya en el esquife no pude menos de preguntarle:

—¿Por qué la tierra, señor? ¿No hay bastante tierra en estos mundos?

—No de ésta —me dijo al oído—, es tierra de Oporto. —Y como yo lo mirara intrigado, sin comprender, agregó—: Quiero que me cubran con ella si muero durante la travesía."

* * *


viernes, 2 de julio de 2010

demasido

los glotones en la literatura han corrido generalmente con buena suerte a la hora de ser representados, la desmesura del apetito de Pantagruel por ejemplo, es reflejada por la desmesura de la obra misma que lo contiene y así pasa a ser el sinónimo de quienes tienen esta desordenada relación con la comida.
muchos siglos después aparece otro que encuentra el placer en tanto en la comida como en sus desordenadas meditaciones respecto al mundo, el encantador y patético Ignatius J Reilly.
el mundo que lo rodea conspira y alimenta su gula, señal de muchos otros desordenes (por allí anda una madre...) y lo transforma en el centro de un enloquecido relato desopilante y ligeramente amargo. La conjura de los necios de John Kennedy Toole mas que una buena novela, es una novela memorable, y por momentos la gula de Ignatius un ejemplo a seguir...

UNO
Una gorra de cazador verde apretaba la cima de una cabeza que era
como un globo carnoso. Las orejeras verdes, llenas de unas grandes orejas y pelo sin cortar y de las finas cerdas que brotaban de las mismas orejas, sobresalían a ambos lados como señales de giro que indicasen dos direcciones a la vez. Los labios, gordos y bembones, brotaban protuberantes bajo el tupido bigote negro y se hundían en sus comisuras, en plieguecitos llenos de reproche y de restos de patatas fritas. En la sombra, bajo la visera verde de la gorra, los altaneros ojos azules y amarillos de Ignatius J. Reilly miraban a las demás personas que esperaban bajo el reloj junto a los grandes almacenes D. H. Holmes, estudiando a la multitud en busca de signos de mal gusto en el vestir.
Ignatius percibió que algunos atuendos eran lo bastante nuevos y lo bastante caros como para ser considerados sin duda ofensas al buen gusto y la decencia. La posesión de algo nuevo o caro sólo reflejaba la falta de teología y de geometría de una persona. Podía proyectar incluso dudas sobre el alma misma del sujeto.
Ignatius vestía, por su parte, de un modo cómodo y razonable. La gorra de cazador le protegía contra los enfriamientos de cabeza. Los voluminosos pantalones de tweed eran muy duraderos y permitían una locomoción inusitadamente libre. Sus pliegues y rincones contenían pequeñas bolsas de aire rancio y cálido que a él le complacían muchísimo. La sencilla camisa de franela hacía innecesaria la chaqueta, mientras que la bufanda protegía la piel que quedaba expuesta al aire entre las orejeras y el cuello. Era un atuendo aceptable, según todas las normas teológicas y geométricas, aunque resultase algo abstruso, y sugería una rica vida interior.
Cambiando el peso del cuerpo de una cadera a otra a su modo pesado y elefantíaco, Ignatius desplazó oleadas de carne que se ondularon bajo el tweed y la franela, olas que rompieron contra botones y costuras. Una vez redistribuido el peso de este modo) consideró el gran rato que llevaba esperando a su madre. Consideró en especial el desasosiego que estaba empezando a sentir. Parecía que todo su ser estuviera a punto de estallar, desde las hinchadas botas de ante, y, como para verificarlo, Ignatius desvió sus ojos singulares hacia los pies. Los pies parecían hinchados, desde luego.
Estaba decidido a ofrecer la visión de aquellas botas hinchadas a su madre como prueba de la desconsideración con que le trataba. Al alzar la vista, vio que el sol empezaba a descender sobre el Mississippi al fondo de la Calle Canal. El reloj de Holmes marcaba casi las cinco. Ignatius estaba puliendo ya unas cuantas acusaciones cuidadosamente estructuradas, destinadas a inducir a
su madre al arrepentimiento o, por lo menos, a la confusión. Tenía que mantenerla en su sitio.
Su madre le había llevado al centro en el viejo PIymouth, y mientras ella iba a ver al médico por su artritis, Ignatius había comprado en Werlein's unas partituras musicales para su trompeta y una cuerda nueva para el laúd.
...................

Mientras Ignatius consideraba el placer que aquel pequeño juego de béisbol proporcionaba a la humanidad, los dos ojos tristes y ávidos avanzaron hacia él entre la multitud como torpedos dirigidos n un petrolero grande y lanudo. El policía dio un tirón a la bolsa de papel de partituras de Ignatius.
__¿Tiene usted algún documento de identificación, señor? —preguntó el policía, en un tono de voz que indicaba que tenía la esperanza de que Ignatius fuese oficialmente inidentificable.
—¿Qué? —Ignatius bajó la vista hacia la enseña de la gorra azul—. ¿Quién es usted?
—Enséñeme su carnet de conducir.
—Yo no conduzco. ¿Sería usted tan amable de largarse? Estoy esperando a mi madre.
—¿Qué es lo que cuelga de esa bolsa?
—¿Qué cree usted que va a ser, imbécil? Una cuerda para mi laúd,
—¿Qué es eso? —el policía retrocedió un poco—. ¿Es usted de la ciudad?
—¿Acaso la tarea del departamento de policía es acosarme a mí cuando esta ciudad es la desvergonzada capital del vicio del mundo civilizado? — atronó Ignatius, por encima del gentío que había írente a los grandes almacenes—.
Esta ciudad es famosa por sus jugadores, prostitutas,

exhibicionistas, anticristos, alcohólicos, sodomitas, drogadictos, fetichistas, onanistas, pornógrafos, estafadores, mujerzuelas, por la gente que tira la basura a la calle, por sus lesbianas... gentes todas que viven en la impunidad mediante sobornos. Si tiene usted un momento, estoy dispuesto a discutir con usted el problema de la delincuencia; pero no cometa el error de fastidiarme a mi.
El policía agarró a Ignatius por el brazo pero fue agredido en la gorra con las partituras musicales. La cuerda colgante del laúd le dio en la oreja.
—Eh —protestó el policía.
—¡Toma eso! —gritó Ignatius, percibiendo que estaba empezando a formarse un círculo de compradores interesados.
Dentro del D. H. Holmes, la señora Reilly estaba en el departamento de bollería, el pecho maternal apoyado en una vitrina que contenía almendrados.
Uno de sus dedos, gastado de frotar tantos años los gigantescos y amarillentos calzoncillos de su hijo, tamborileó en la vitrina para llamar la atención de la vendedora.
—Eh, señorita Inés —dijo la señora Reilly con ese acento que al sur de Nueva Jersey sólo existe en Nueva Órleans, esa Hoboken del Golfo de México—.
Venga, venga aquí, chica.

—Vaya, ¿cómo le va? —preguntó la señorita Inés—. ¿Qué tal, querida?
—No demasiado bien —dijo, sincera, la señora Reilly,
—Qué lata, verdad —la señorita Inés se apoyó en la vitrina y se olvidó
de las pastas—. Tampoco yo me siento nada bien. Estos pies...
—Señor, Señor, ojalá tuviera yo tanta suerte. Lo mío es artuñtis en el
codo.
—jOh, no! —dijo la señorita Inés con verdadera simpatía—. Mi pobre
papá también la tiene. Le hacemos meterse en una bañera llena de agua
hirviendo.
—Mi hijo se pasa todo el día flotando en la nuestra. Yo apenas puedo
entrar en el cuarto de baño.
—Creí que estaba casado...
—¿Ignatius? Sí, sí, ojalá —di/o, con tristeza la señora Reilly—. ¿Quiere
darme dos docenas de esas variadas, querida?
—Pues yo creía que me había dicho usted que se había casado —dijo la señorita Inés, mientras iba metiendo las pastas en una caja.
—Ni perspectiva tiene siquiera de casarse. La novia aquella que tenía se largó.
—Bueno, aún está a tiempo.
—Sí, sí, claro —dijo con indiferencia la señora Reilly—. ¿Quiere ponerme también media docena de bizcochos borrachos? Ignatius se pone insoportable cuando se acaban las pastas.
—Así que a su chico le gustan las pastas, ¿eh?
—Oh-Señor, este codo me está matando —contestó la señora Reilly.
En el centro del grupo que se había formado delante de los grandes almacenes, se balanceaba violenta la gorra de cazador, un verde destello en el círculo de gente.
—Hablaré con el alcalde —gritaba Ignatius.
—Deje en paz al muchacho —dijo una voz entre la multitud.
—Vaya a detener a esas chicas que se desnudan de la Calle Bourbon — añadió un viejo—. El es un buen chico. Está esperando a su mamá.
—Gracias —dijo, desdeñoso, Ignatius—. Espero que todos ustedes den testimonio de este ultraje.
—Vamos, acompáñeme —le dijo el policía con menguante seguridad.
A su alrededor había ya casi una multitud y no se veía ni a un guardia de
tráfico—. Vamos a la comisaría.
—Así que un buen muchacho no puede ya ni esperar a su mamá a la puerta de un comercio —era de nuevo el viejo—. Convénzanse, la ciudad nunca fue así. Esto es el comunismo.
—¿Está llamándome usted comunista? —preguntó el policía al viejo, mientras procuraba evitar los latigazos de la cuerda del laúd—. Le llevaré también a usted. Así mirará más a quien anda llamando comunista.
—A mí no puede usted detenerme —gritó el viejo—. Pertenezco al
Club Edad Dorada, patrocinado por el Departamento Recreativo de Nueva Orleans.
—Deje en paz a ese anciano, policía de mierda —chilló una mujer—.
Es probable que tenga ya nietos.
—Los tengo —dijo el viejo—. Tengo seis nietos, estudian todos con las hermanas. Y son muy listos, además.
Sobre las cabezas del gentío, Ignatius vio a su madre que salía despacito del vestíbulo de los almacenes cargando con los artículos de repostería como si fuesen cajas de cemento.
—¡Mamá! —gritó—. Llegas en el momento justo. Me han detenido.
Abriéndose paso entre la gente, la señora Reilly dijo:
—¡Ignatius! ¿Pero qué pasa? ¿Qué has hecho ahora? Eh, oiga, quítele esas manos de encima a mi hijo...

jueves, 24 de junio de 2010

agápe

la hospitalidad es una clara señal del avance de una civilización, y dentro de estas se encuentran individuos que hacen de ella un gesto extraordinario.
ofrecer al otro en la mesa lo mejor de nosotros mismos quizá no cambie el mundo, y me atrevo a un quizá, pero hará y nos hará felices por ese tiempo que compartimos.
el ruido de las copas las risas, los recuerdos que vienen y se instalan, la conversación que fluye podrían ser el premio para el anfitrión, si solo nos quedaramos en la superficie.
pero el premio es esa mirada que anhela el postre, esa mano que aun conversando no abandona la copa del vino que seleccionamos, y por supuesto ese instante de silencio frente al plato ofrecido.
todo esto lo aprendí en una única tarde en la Cinemateca donde fascinado vi La fiesta de Babette, una pequeña hermosa película de Gabriel Axel en base de una novela de Isak Dinesen, ya pasaron años desde aquellos días; la película es del 87, pero espero la lección no se me olvide





miércoles, 16 de junio de 2010

lugares

esta entrada esta dedicada a la cocina, así de claro y sin vueltas. y a aquellos a quien les gusta la comida saben que no hay un mejor lugar en la casa.
allí es donde la función de preparar el alimento para uno y para los otros se desarrolla y donde podemos de alguna manera desplegar nuestra creatividad si no hay otro espacio para ello en nuestra casa.
lo concibo como un espacio de alegría, y el estar allí mientras alguien cocina y ayudar en esa tarea -aunque sea para alcanzar un ingrediente de un estante alto- se redobla si es viernes a la noche y estamos además compartiendo una copa de vino.
es para otros el lugar de la obligación y la rutina, las prisas y el haber que hay y que hago con eso, pequeña sala de tortura para mentes mas allá de los sartenes- también esto existe que no son todas rosas-.
lo notable es que estos dos lugares suelen coincidir en el mismo, dependiendo de quien allí entre, o a veces para el mismo este lugar cambia entre uno y otro extremo.
esta propiedad no es privativa de las cocinas, claro esta, pero a mi me gusta creer que así es.
solo nos queda como tarea encontrar este lugar donde somos un poquito mas...
banana yoshimoto lo describe en kitchen, libro fundamental en este blog.
y samantha navarro nos alienta a buscar donde sea ese lugar...ah la letra es de la storni

...Creo que la cocina es el lugar del mundo que más me gusta. En la cocina, no importa
quién ni cómo sea, o en cualquier lugar que se haga comida, no sufro. Si es posible,
prefiero que sea funcional y que esté muy usada. Con los trapos secos y limpios, y los
azulejos blancos y brillantes.
Incluso las cocinas sucísimas me encantan.
Aunque haya restos de verduras esparcidos por el suelo y que esté tan sucio que la suela
de las zapatillas quede ennegrecida, si la cocina es muy grande, me gusta. Si allí se
yergue una nevera enorme, llena de comida como para pasar un invierno, me gusta
apoyarme en su puerta plateada. Cuando levanto los ojos de la cocina de gas grasienta y
del cuchillo oxidado, en la ventana brillan estrellas solitarias.
Sólo estamos la cocina y yo. Pero creo que es mejor pensar que en este mundo estoy yo
sola.
Cuando estoy agotada suelo quedarme absorta. Cuando llegue el momento, quiero morir
en la cocina. Sola en un lugar frío, o junto a alguien en un lugar cálido. Me gustaría ver
claramente mi muerte sin sentir miedo. Claro que me gustaría que fuera en la cocina...
Kitchen, Banana Yoshimoto.
y aqui samantha

lunes, 7 de junio de 2010

domingo a domingo

la tradición de ir a la feria marca mis domingos de forma casi militante, soy de los que cree que allí la mercaderia es mejor y mas barata y eso es razón suficiente para que domingo a domingo yo este presente.
pero no suelo confesar que miro las frutas y verduras con la codicia del coleccionador desbocado, algo similar me pasa con los libros, que al verlos imagino platos y, supremo momento, la reunión de amigos con quien compartirlos.
es este un lugar que me transporta a la infancia, y me mantiene en mi presente, hace que mi instinto de cazador, atenuado por opresoras cadenas de seda y algodón, se sacuda y este atento al acecho de solares naranjas, frutillas inocentes o no, e inolvidables cebollas.
Pablo Neruda en su Memorial de Isla Negra, nos lo advierte también en su poema Atención al mercado


Atención al mercado
(Fragmento)

Atención al Mercado
Que es mi vida!

Atención al Mercado
Compañeros!

Cuidado con herir
a los pescados!
Ya a plena luna, entre las traiciones
de la red invisible, del anzuelo,
por mano de pescante pescador
fallecieron, creían
en la inmortalidad
y aquí los tienes
con escamas y vísceras, la plata con la sangre
en la balanza.

Cuidado con las aves!
No toques esas plumas
que anhelaron el vuelo,
el vuelo
que tú también, tu propio
pequeño corazón se proponía.
Ahora son sagradas:
pertenecen
al polvo de la muerte y al dinero:
en esa dura paz ferruginosa
se encontrarán de nuevo con tu vida
alguna vez pero no vendrá nadie
a verte muerto, a pesar de tus virtudes,
no pondrán atención en tu esqueleto.

Atención al color de las naranjas,
al esencial aroma de la menta,
a la pobre patata en su envoltorio,
atención
a la verde
lechuga presurosa,
al afilado ají con su venganza,
a la testícularia berenjena,
al rábano escarlata, pero frío,
al apio que en la música se enrosca.

Cuidado con el queso!
No vino aquí sólo para venderse:
vino a mostrar el don de su materia,
su inocencia compacta,
el espesor materno
de su geología.

Cuidado cuando llegan las castañas,
enmaderadas lunas del estuche
que fabricó el otoño a la castaña,
a la flor de la harina que aprisiona
en corres de caoba invulnerable.

Atención al cuchillo de Mercado
que no es el mismo de la ferretería:
antes estaba ahogado
como el pez, detenido en su paquete,
en la centena de igualdad tremenda:
aquí en la feria brilla y canta y corta
vive otra vez en la salud del agua.

Pero si los frijoles
fueron bruñidos por la madre suave
y la naturaleza
los suavizó como a uñas de sus dedos,
luego los desgranó y a la abundancia
le dio multiplicada identidad.




viernes, 28 de mayo de 2010

me tomo cinco minutos

en algún momento iba a tener que hablar del té. la relación que se ha establecido con esta infusión es tal que desde ya advierto que no sera la única entrada.
no voy a hablar de sus múltiples sabores, ni de como la nueva cocina fusión lo ha incorporado a la pastelería; sino a la relación afectiva que los bebedores de té desarrollamos con el.
tomar una taza de té es sin duda un momento para la pausa y la reflexión; cada uno sabrá sabe que y lo que se remueve dentro nuestro en ese instante.
su sabor suele pedir como acompañamiento, una buena compañía, un interesante libro, ventanas a la calle, o valor para afrontar a la soledad y nosotros mismos
quien nos va a acompañar en el clima que envuelve el té es el uruguayo Jaime Roos, no precisa mas presentación.

GOOD-BYE (El tazón de té) *

Nunca más

La nombre

Sin embargo esta noche

El hotel

Otra vez
Su figura transparente

Saludandome

Good-bye

En que vida
Ya ni se
Cuantas noches libretadas

En inglés

Otra vez

Sus valijas trajinadas

Cerrándose

See you


Eres Thea
Eres Beth
Eres Mervi, eres Nina

Marie-Claire

Otra vez
Solo sé que quiero verte
Y que jamas

Te veré


Amo ese bar
Y también este lugar, dijo
Calentando sus manos

En el tazón de té


Amo este juego
De contemplar el fuego,dijo
Cubriendo su sonrisa

Con el tazón de té


Amo esperar la primera señal, dijo
Dejando en el suelo
El tazón de té

Hoy me voy

En un tren

Persiguiendo viejas nubes

Otra vez

A correr

A vivir detrás de algo

Que no supe ni sé
Lo que es

*el texto es de una canción perteneciente al disco " si me voy antes que vos"



viernes, 21 de mayo de 2010

hongos

signos de sofisticación culinaria, estos representantes de ese extraño reino lindero con lo vegetal, acompañan la dieta humana desde tiempo inmemorial. la apreciadisima trufa, el famoso champignon, y la amena levadura para el pan son algunos de los miembros de esta vasta hueste.
ejercito inmóvil, que va absorbiendo los trazos de la muerte para su propia vida, así como nosotros, y es capaz tanto del placer como del dolor con solo confundir su identidad.
quien si ha visto claramente su naturaleza, nada escapa a su mirada, es marosa di giorgio y asi la revela


Los hongos nacen en silencio...


Los hongos nacen en silencio; algunos nacen en silencio; otros con un breve alarido, un leve trueno. Unos son blancos, otros rosados, ése es gris y parece una paloma, la estatua a una paloma, la estatua a una paloma; otros son dorados o morados. Cada uno trae -y eso es lo terrible- la inicial del muerto de donde procede. Yo no me atrevo a devorarlos; esa carne levísima es pariente nuestra. Pero, aparece en la tarde el comprador de hongos y empieza la siega. Mi madre da permiso. Él elige como un águila. Ese blanco como el azúcar, uno rosado, uno gris. Mamá no se da cuenta que vende a su raza.

he aquí su voz