jueves, 5 de agosto de 2010

una huerta

recorrer estas pequeñas extensiones de tierra que nos proveen de maravillas para la mesa, es uno de esos pequeños placeres, que se equiparan al de la lectura de un buen libro. cada aroma, cada fruto o los errores en lo que caemos al intertar reconocer- citadinos al fin y al cabo- son pequeños tramos de una divertida nouvelle.
pero la maravillosa literatura a veces nos ofrece experiencias extrañas incluso en las pacificas huertas.
y nuestro proveedor es Napolen Baccino Ponce de Leon y su ya clásica novela Maluco.
aquí adquiere la huerta dimensiones fantásticas , frutas y flores adquieren un carácter inesperado....
leamos,.. estamos en tiempos de la conquista:

..."En esos breves instantes de profunda quietud que si­guen al ángelus, cuando los colores se apagan y los olo­res se hacen más nítidos, estaba yo con ambos codos apoyados en la amurada viendo cómo se desteñía el ho­rizonte del lado del poniente, cuando mi olfato perci­bió algo extraño.

Era un aroma raro, ajeno a las naves. Era como el olor de los huertos de Sevilla, así que por un instante pensé que se trataba de un recuerdo. Pero no, era dema­siado intenso y concreto. Podía percibir claramente el olor de la tierra y el del estiércol. El aroma de los azaha­res era inconfundible. Embalsamaba el aire quieto su­perponiéndose al del mar. Entonces fue cuando pensé en la Concepción, que estaba allí como siempre, mecién­dose como una sombra; la bucólica de don Hernando había transformado la nave de Gaspar de Quesada en un huerto flotante. Recordé entonces que ya otra vez, cuando la falta de vientos nos había detenido frente a la costa del África, había percibido un aroma semejante. Sólo que ahora el olor era mucho más intenso y defini­do. Ya no surgía por contraste con el tufo del mar; ahora estábamos rodeados por una vegetación exuberante, rica en fragancias y, sin embargo, el perfume de la Con­cepción se imponía rotundo e inconfundible; os lo repito Majestad: eran esencias de un huerto de Sevilla lo que mi judía nariz percibía.

Entonces fijé mis ojillos en aquella nave que duran­te tanto tiempo había mirado sin ver; tan familiar se me había hecho su presencia.

Y vi las jarcias colgando flojas de la arboladura, se­mejantes a esos bejucos que penden por doquier en la selva. Vi los hierros y los bronces cubiertos de cardeni­llo. Vi las algas que crecían del casco como barbas, acentuando su aspecto vegetal. Vi las copas de los árbo­les atestando la crujía, compitiendo en altura con el castillaje de popa y sobrepasando la tolda. Vi gruesas ra­mas asomando por la porta que hacía de escobén a proa. Vi las guías de las enredaderas en flor, naciendo de la boca de los cañones y escapando por las troneras, buscando el sol...

Corrí donde mi amo, que vigilaba la tarea de encen­der los faroles en el coronamiento de popa:

—Observad la Concepción —dije trémulo y en voz muy baja, que él era amigo en todo de la mayor reserva.

Don Hernando me miró sin comprender. Enton­ces, colgándome de su brazo (el frío del hierro me re­pugnó al tacto), añadí:

—Las plantas, señor. Se han adueñado de la nave.

Él sonrió y me acarició brevemente la cabeza; tenía esos inesperados gestos de ternura que llenaban, cada vez, mis ojos de lágrimas.

—No tengo tiempo ahora —dijo—. Luego platica­remos. —Y como viera que yo me alejaba—: Anda, vete ahora —agregó con dulzura.

Lo peor de esta profesión de nos que es la de ser fa­bricantes de ilusión y creadores de folganza, es que na­die nos toma en serio cuando hablamos en serio, ni se cuidan de nuestras prevenciones y avisos por atinados que ellos sean, que venimos en esto a parecemos a aquella señora Casandra, que con poder prever el futuro, la maldición de don Apolo le impedía comunicárse­lo a los suyos, que se la tomaban a chacota y asistió así, impotente, a la ruina de su casa.

Me retiraba molesto con mi señor, pensando: que te lleve el demonio, cuando mis tontos escrúpulos me hicieron volver.

—Capitán, escuchadme, por favor —dije—. Esto no es una broma. Asómate del lado de babor y lo verás con tus propios ojos. Azótame si son jaranas.

Él me miró sorprendido. Dio dos pasos con desga­no y se quedó viendo cómo las sombras de la noche crecían desde el fondo de la bahía envolviendo a la Concepción; era más intenso su aroma en la negrura.

—Se diría que la madera misma de la que está hecha reverdecerá —comenté yo.

A la mañana siguiente, el Capitán General, el maes­tre Juan Bautista, el carpintero mayor y el calafate Feli­pe contemplan mudos de asombro aquella extraña cosa vegetal que se mece a pocos metros del esquife y crece hasta ocultar el ciclo cuando estamos junto a ella.

Nos reciben el contramaestre de la Concepción, Joan de Acurio, y el maestre Juan Sebastián. Acurio es un hombre jovial y agradable, con unas manos enormes y carnosas, tibias como palomas. El maestre en cambio, tiene un no sé qué hipócrita que se esfuerza en disimular con la máscara de su falsa modestia y de sus modales obsequiosos, por lo que todos le tenían entonces por un hombre sencillo e inofensivo, empezando por mi señor.

—¿Dónde está el capitán? —pregunta mi amo mientras sus ojos recorren inquietos la cubierta.

Por todas partes el follaje cierra el paso a las mira­das, confunde, alterando la geografía del galeón, y tras­tornándolo todo. Aquí y allá relumbran las naranjas, bañadas por la suave luz del amanecer. Asoman entre la fronda oscura los limones. Relucen como joyas las aceitunas. Los olivos se doblan bajo su carga, las fuertes raíces se abren paso a través de las maderas de las barri­cas, rompen los aros de hierro carcomidos por el orín e invaden la cubierta. Desde los almácigos, el tomillo, el perejil y la albahaca, perfuman la mañana. También hay berenjenas, morunas y catalanas. Y melones, la fruta preferida de don Hernando, que tapizan el alcázar y se enroscan al pie del palo mayor.

En medio del asombro nos topamos con Gaspar de Quesada que nos aguarda sonriente a la entrada del cas­tillo de popa.

Son de oro los cabellos del capitán de la Concepción que se parece en ello a su madre, dama de alta alcurnia, natural de Brujas; pero no ha heredado su piel de un rosa encendido, sino la morena del conde, su padre. Sus ojos, grandes y rasgados, son de un azul acerado que contrasta graciosamente con la tez del rostro, brillante de sudor. Hay en ellos cierta expresión de candor que irradia un poderoso encanto al que no escapan ni hom­bres ni mujeres. El rostro de pómulos altos y vigorosa quijada parece, por la fineza de sus rasgos, obra del más hábil artífice. Es fuera de toda duda, la suya, una her­mosa cabeza; grande y noble como un mármol antiguo. Verdadera obra de arte digna de que Vuestra Majestad la tuviera en palacio sobre un pedestal de pórfido.

—¿Qué es todo esto? —pregunta don Hernando antes de que Gaspar pueda saludarlo según la usanza.

Una expresión de estupor se dibuja por un instante en el rostro infantil del capitán de la Concepción. Pare­ce no haber entendido la pregunta. Pero vuelve a son­reír despreocupadamente.

—Vuestro huerto —dice al fin—. ¿Qué os parece?

—Echa todo al agua. Que no quede ni una sola planta.

Gaspar parece confundido.

—No se pueden domeñar, señor —interviene Acu­no-—. Desde que estamos aquí, crecen tan rápido que es inútil podarlas, no hay tiempo para trasplantarlas y tampoco para cosechar cuanto producen.

—Deshazte de ellas —dice don Hernando, esta vez dirigiéndose a Joan de Acurio—. Dejaré a Juan Bautista y al carpintero; también al calafate Felipe. Habrá que acondicionar la nave.

—¿Realmente queréis arrojar todo esto por la bor­da? —pregunta Gaspar de Quesada.

Hay una pausa en la que mi amo pasea su mirada por sobre el extraño bosque.

—A menos que seas capaz de navegar una isla en pleno océano... —replica con una sonrisa burlona.

—Pero vos dijisteis que el escorbuto... —dice súbi­tamente seno el capitán de la Concepción.

—Prefiero luchar contra la muerte —contesta don Hernando, dándole la espalda.

De pronto, como si hubiera recordado algo impor­tante, se vuelve.

—Menos la tierra —dice—. Conservad la tierra.

Ya en el esquife no pude menos de preguntarle:

—¿Por qué la tierra, señor? ¿No hay bastante tierra en estos mundos?

—No de ésta —me dijo al oído—, es tierra de Oporto. —Y como yo lo mirara intrigado, sin comprender, agregó—: Quiero que me cubran con ella si muero durante la travesía."

* * *