domingo, 9 de octubre de 2011

la prudencia nunca es poca vii

aun el hombre mas moderado en algún momento puede dejarse llevar por la tentación.
y esta puede presentarse en las mas diversas formas, dandole a la victima del momento, solo unos instantes para esgrimir vanos preceptos,  abandonarlos y a partir de alli dejarse llevar hacia lo anhelado.
y si dicha tentación es dulce, poco podrá hacerse; cálidos lazos atraparan al incauto y le cobraran su precio. 
este precio es alto, pero esta relacionado con el costo de la imprudencia y lo riesgos de los manjares exóticos.
confirmando lo dicho, el salteño Horacio Quiroga nos cuenta lo siguiente


Tengo en el Salto Oriental dos primos, hoy hombres ya, que a sus doce años, y a consecuencia de profundas lecturas de Julio Verne, dieron en la rica empresa de abandonar su casa para ir a vivir al monte. Este queda a dos leguas de la ciudad. Allí vivirían primitivamente de la caza y la pesca. Cierto es que los dos muchachos no se habían acordado particularmente de llevar escopetas ni anzuelos; pero, de todos modos, el bosque estaba allí, con su libertad como fuente de dicha y sus peligros como encanto.
Desgraciadamente, al segundo día fueron hallados por quienes los buscaban. Estaban bastante atónitos todavía, no poco débiles, y con gran asombro de sus hermanos menores —iniciados también en Julio Verne— sabían andar aún en dos pies y recordaban el habla.
La aventura de los dos robinsones, sin embargo, fuera acaso más formal a haber tenido como teatro otro bosque menos dominguero. Las escapatorias llevan aquí en Misiones a límites imprevistos, y a ello arrastró a Gabriel Benincasa el orgullo de sus stromboot.
Benincasa, habiendo concluido sus estudios de contaduría pública, sintió fulminante deseo de conocer la vida de la selva. No fue arrastrado por su temperamento, pues antes bien Benincasa era un muchacho pacífico, gordinflón y de cara rosada, en razón de su excelente salud. En consecuencia, lo suficiente cuerdo para preferir un té con leche y pastelitos a quién sabe qué fortuita e infernal comida del bosque. Pero así como el soltero que fue siempre juicioso cree de su deber, la víspera de sus bodas, despedirse de la vida libre con una noche de orgía en componía de sus amigos, de igual modo Benincasa quiso honrar su vida aceitada con dos o tres choques de vida intensa. Y por este motivo remontaba el Paraná hasta un obraje, con sus famosos stromboot.
Apenas salido de Corrientes había calzado sus recias botas, pues los yacarés de la orilla calentaban ya el paisaje. Mas a pesar de ello el contador público cuidaba mucho de su calzado, evitándole arañazos y sucios contactos.
De este modo llegó al obraje de su padrino, y a la hora tuvo éste que contener el desenfado de su ahijado.
—¿Adónde vas ahora? —le había preguntado sorprendido.
—Al monte; quiero recorrerlo un poco —repuso Benincasa, que acababa de colgarse el Winchester al hombro.
—¡Pero infeliz! No vas a poder dar un paso. Sigue la picada, si quieres... O mejor deja esa arma y mañana te haré acompañar por un peón.
Benincasa renunció a su paseo. No obstante, fue hasta la vera del bosque y se detuvo. Intentó vagamente un paso adentro, y quedó quieto. Metióse las manos en los bolsillos y miró detenidamente aquella inextricable maraña, silbando débilmente aires truncos. Después de observar de nuevo el bosque a uno y otro lado, retornó bastante desilusionado.
Al día siguiente, sin embargo, recorrió la picada central por espacio de una legua, y aunque su fusil volvió profundamente dormido, Benincasa no deploró el paseo. Las fieras llegarían poco a poco.
Llegaron éstas a la segunda noche —aunque de un carácter un poco singular.
Benincasa dormía profundamente, cuando fue despertado por su padrino.
—¡Eh, dormilón! Levántate que te van a comer vivo.
Benincasa se sentó bruscamente en la cama, alucinado por la luz de los tres faroles de viento que se movían de un lado a otro en la pieza. Su padrino y dos peones regaban el piso.
—¿Qué hay, qué hay?—preguntó echándose al suelo.
—Nada... Cuidado con los pies... La corrección.
Benincasa había sido ya enterado de las curiosas hormigas a que llamamos corrección. Son pequeñas, negras, brillantes y marchan velozmente en ríos más o menos anchos. Son esencialmente carnívoras. Avanzan devorando todo lo que encuentran a su paso: arañas, grillos, alacranes, sapos, víboras y a cuanto ser no puede resistirles. No hay animal, por grande y fuerte que sea, que no haya de ellas. Su entrada en una casa supone la exterminación absoluta de todo ser viviente, pues no hay rincón ni agujero profundo donde no se precipite el río devorador. Los perros aúllan, los bueyes mugen y es forzoso abandonarles la casa, a trueque de ser roídos en diez horas hasta el esqueleto. Permanecen en un lugar uno, dos, hasta cinco días, según su riqueza en insectos, carne o grasa. Una vez devorado todo, se van.
No resisten, sin embargo, a la creolina o droga similar; y como en el obraje abunda aquélla, antes de una hora el chalet quedó libre de la corrección.
Benincasa se observaba muy de cerca, en los pies, la placa lívida de una mordedura.
—¡Pican muy fuerte, realmente! —dijo sorprendido, levantando la cabeza hacia su padrino.
Este, para quien la observación no tenía ya ningún valor, no respondió, felicitándose, en cambio, de haber contenido a tiempo la invasión. Benincasa reanudó el sueño, aunque sobresaltado toda la noche por pesadillas tropicales.
Al día siguiente se fue al monte, esta vez con un machete, pues había concluido por comprender que tal utensilio le sería en el monte mucho más útil que el fusil. Cierto es que su pulso no era maravilloso, y su acierto, mucho menos. Pero de todos modos lograba trozar las ramas, azotarse la cara y cortarse las botas; todo en uno.
El monte crepuscular y silencioso lo cansó pronto. Dábale la impresión —exacta por lo demás— de un escenario visto de día. De la bullente vida tropical no hay a esa hora más que el teatro helado; ni un animal, ni un pájaro, ni un ruido casi. Benincasa volvía cuando un sordo zumbido le llamó la atención. A diez metros de él, en un tronco hueco, diminutas abejas aureolaban la entrada del agujero. Se acercó con cautela y vio en el fondo de la abertura diez o doce bolas oscuras, del tamaño de un huevo.
—Esto es miel —se dijo el contador público con íntima gula—. Deben de ser bolsitas de cera, llenas de miel...
Pero entre él —Benincasa— y las bolsitas estaban las abejas. Después de un momento de descanso, pensó en el fuego; levantaría una buena humareda. La suerte quiso que mientras el ladrón acercaba cautelosamente la hojarasca húmeda, cuatro o cinco abejas se posaran en su mano, sin picarlo. Benincasa cogió una en seguida, y oprimiéndole el abdomen, constató que no tenía aguijón. Su saliva, ya liviana, se clarifico en melífica abundancia. ¡Maravillosos y buenos animalitos!
En un instante el contador desprendió las bolsitas de cera, y alejándose un buen trecho para escapar al pegajoso contacto de las abejas, se sentó en un raigón. De las doce bolas, siete contenían polen. Pero las restantes estaban llenas de miel, una miel oscura, de sombría transparencia, que Benincasa paladeó golosamente. Sabía distintamente a algo. ¿A qué? El contador no pudo precisarlo. Acaso a resina de frutales o de eucaliptus. Y por igual motivo, tenía la densa miel un vago dejo áspero. ¡Mas qué perfume, en cambio!
Benincasa, una vez bien seguro de que cinco bolsitas le serían útiles, comenzó. Su idea era sencilla: tener suspendido el panal goteante sobre su boca. Pero como la miel era espesa, tuvo que agrandar el agujero, después de haber permanecido medio minuto con la boca inútilmente abierta. Entonces la miel asomó, adelgazándose en pesado hilo hasta la lengua del contador.
Uno tras otro, los cinco panales se vaciaron así dentro de la boca de Benincasa. Fue inútil que éste prolongara la suspensión, y mucho más que repasara los globos exhaustos; tuvo que resignarse.
Entre tanto, la sostenida posición de la cabeza en alto lo había mareado un poco. Pesado de miel, quieto y los ojos bien abiertos, Benincasa consideró de nuevo el monte crepuscular. Los árboles y el suelo tomaban posturas por demás oblicuas, y su cabeza acompañaba el vaivén del paisaje.
—Qué curioso mareo... —pensó el contador. Y lo peor es...
Al levantarse e intentar dar un paso, se había visto obligado a caer de nuevo sobre el tronco. Sentía su cuerpo de plomo, sobre todo las piernas, como si estuvieran inmensamente hinchadas. Y los pies y las manes le hormigueaban.
—¡Es muy raro, muy raro, muy raro! —se repitió estúpidamente Benincasa, sin escudriñar, sin embargo, el motivo de esa rareza. Como si tuviera hormigas... La corrección —concluyó.
Y de pronto la respiración se le cortó en seco, de espanto.
—¡Debe ser la miel!... ¡Es venenosa!... ¡Estoy envenenado!
Y a un segundo esfuerzo para incorporarse, se le erizó el cabello de terror; no había podido ni aun moverse. Ahora la sensación de plomo y el hormigueo subían hasta la cintura. Durante un rato el horror de morir allí, miserablemente solo, lejos de su madre y sus amigos, le cohibió todo medio de defensa.
—¡Voy a morir ahora!... ¡De aquí a un rato voy a morir!... no puedo mover la mano!...
En su pánico constató, sin embargo, que no tenía fiebre ni ardor de garganta, y el corazón y pulmones conservaban su ritmo normal. Su angustia cambió de forma.
—¡Estoy paralítico, es la parálisis! ¡Y no me van a encontrar!...
Pero una visible somnolencia comenzaba a apoderarse de él, dejándole íntegras sus facultades, a lo peor que el mareo se aceleraba. Creyó así notar que el suelo oscilante se volvía negro y se agitaba vertiginosamente. Otra vez subió a su memoria el recuerdo de la corrección, y en su pensamiento se fijó como una suprema angustia la posibilidad de que eso negro que invadía el suelo...
Tuvo aún fuerzas para arrancarse a ese último espanto, y de pronto lanzó un grito, un verdadero alarido, en que la voz del hombre recobra la tonalidad del niño aterrado: por sus piernas trepaba un precipitado río de hormigas negras. Alrededor de él la corrección devoradora oscurecía el suelo, y el contador sintió, por bajo del calzoncillo, el río de hormigas carnívoras que subían.
Su padrino halló por fin, dos días después, y sin la menor partícula de carne, el esqueleto cubierto de ropa de Benincasa. La corrección que merodeaba aún por allí, y las bolsitas de cera, lo iluminaron suficientemente.
No es común que la miel silvestre tenga esas propiedades narcóticas o paralizantes, pero se la halla. Las flores con igual carácter abundan en el trópico, y ya el saber de la miel denuncia en la mayoría de los casos su condición; tal el dejo a resina de eucaliptus que creyó sentir Benincasa.

jueves, 29 de septiembre de 2011

fragilidad

aunque la idea que tenemos sobre ellos es la de fragilidad, los huevos son en realidad pequeñas maravillas de la resistencia y economía de recursos para soportar embates del exterior, así como mantener su potencial.
su contenido es ingrediente esencial de las cocinas/culturas de casi todo el mundo, su manejo requiere siempre de un adecuado nivel de atención,  mas allá de la simplicidad aparente del resultado final ( sea prueba de esta afirmación  un huevo poche, o la levedad un merengue) o los desastres que pueden ocurrir si no tomamos en cuenta todos los factores intervinientes (y aquí la muestra es el tantas veces fracasado souffle, si prospera se roza la gloria )
las ideas como sostén de la innovación en las sociedades, tienen entonces una cierta semejanza con nuestro ingrediente de hoy, tanto en su potencialidad como en los requerimientos de manejo para llegar a buenos resultados.
la muestra esta vez es de jonathan swift de su para nada infantil viajes de gulliver

fragmento del capitulo IV, de la primera parte Un viaje a Liliput


  Una mañana, a los quince días aproximadamente de haber obtenido mi libertad, Reldresal, secretario principal de Asuntos Privados -como ellos le intitulan-, vino a mi casa acompañado sólo de un servidor. Mandó a su coche que esperase a cierta distancia y me pidió que le concediese una hora de audiencia, a lo que yo inmediatamente accedí, teniendo en cuenta su categoría y sus méritos personales, así como los buenos oficios que había hecho valer cuando mis peticiones a la corte. Le ofrecí tumbarme para que pudiera hacerse oír de mí más cómodamente; pero él prefirió permitirme que lo tuviese en la mano durante nuestra conversación. Empezó felicitándome por mi libertad, en la cual, según dijo, podía permitirse creer que había tenido alguna parte; pero añadió, sin embargo, que a no haber sido por el estado de cosas que a la sazón reinaba en la corte, quizá no la hubiese obtenido tan pronto. «Porque -dijo- por muy floreciente que nuestra situación pueda parecer a los extranjeros, pesan sobre nosotros dos graves males: una violenta facción en el interior y el peligro de que invada nuestro territorio un poderoso enemigo de fuera. En cuanto a lo primero, sabed que desde hace más de setenta lunas hay en este imperio dos partidos contrarios, conocidos por los nombres de Tramecksan y Slamecksan, a causa de los tacones altos y bajos de su calzado, que, respectivamente, les sirven de distintivo. Se alega, es verdad, que los tacones altos son más conformes a nuestra antigua constitución; pero, sea de ello lo que quiera, Su Majestad ha decidido hacer uso de tacones bajos solamente en la administración del gobierno y para todos los empleados que disfrutan la privanza de la corona, como seguramente habréis observado; y por lo que hace particularmente a los tacones de Su Majestad Imperial, son cuando menos un drurr más bajos que cualesquiera otros de su corte -el drurr es una medida que viene a valer la decimoquinta parte de una pulgada-. La animosidad entre estos dos partidos ha llegado a tal punto, que los pertenecientes a uno no quieren comer ni beber ni hablar con los del otro. Calculamos que los Tramocksan, o tacones-altos, nos exceden en numero; pero la fuerza está por completo de nuestro lado. Nosotros nos sospechamos que Su Alteza Imperial, el heredero de la corona, se inclina algo hacia los tacones-altos; al menos, vemos claramente que uno de sus tacones es más alto que el otro, lo que le produce cierta cojera al andar. Por si fuera poco, en medio de estas querellas intestinas, nos amenaza con una invasión la isla de Blefuscu, que es el otro gran imperio del universo, casi tan extenso y poderoso como este de Su Majestad. Porque en cuanto a lo que os hemos oído afirmar acerca de existir otros reinos y estados en el mundo habitados por criaturas humanas tan grandes como vos, nuestros filósofos lo ponen muy en duda y se inclinan más bien a creer que caísteis de la Luna o de alguna estrella, pues es evidente que un centenar de mortales de vuestra corpulencia destruirían en poco tiempo todos los frutos y ganados de los dominios de Su Majestad. Por otra parte, nuestras historias de hace seis mil lunas no mencionan otras regiones que los dos grandes imperios de Liliput o Blefuscu, grandes potencias que, como iba a deciros, están empeñadas en encarnizadísima guerra desde hace treinta y seis lunas. Empezó con la siguiente ocasión: Todo el mundo reconoce que el modo primitivo de partir huevos para comérselos era cascarlos por el extremo más ancho; pero el abuelo de su actual Majestad, siendo niño, fue a comer un huevo, y, partiéndolo según la vieja costumbre, le avino cortarse un dedo. Inmediatamente el emperador, su padre, publicó un edicto mandando a todos sus súbditos que, bajo penas severísimas, cascasen los huevos por el extremo más estrecho. El pueblo recibió tan enorme pesadumbre con esta ley, que nuestras historias cuentan que han estallado seis revoluciones por ese motivo, en las cuales un emperador perdió la vida y otro la corona. Estas conmociones civiles fueron constantemente fomentadas por los monarcas de Blefuscu, y cuando eran sofocadas, los desterrados huían siempre a aquel imperio en busca de refugio. Se ha calculado que, en distintos períodos, once mil personas han preferido la muerte a cascar los huevos por el extremo más estrecho. Se han publicado muchos cientos de grandesvolúmenes sobre esta controversia; pero los libros de los anchoextremistas han estado prohibidos mucho tiempo, y todo el partido, incapacitado por la ley para disfrutar empleos. Durante el curso de estos desórdenes, los emperadores de Blefuscu se quejaron frecuentemente por medio de sus embajadores, acusándonos de provocar un cisma en la religión por contravenir una doctrina fundamental de nuestro gran profeta Lustrog, contenida en el capítulo cuadragésimocuarto del Blundecral -que es su Alcorán-. No obstante, esto se tiene por un mero retorcimiento del texto, porque las palabras son éstas: «Que todo creyente verdadero casque los huevos por el extremo conveniente». Y cuál sea el extremo conveniente, en mi humilde opinión, ha de dejarse a la conciencia de cada cual, o cuando menos a la discreción del más alto magistrado, el establecerlo. Luego, los anchoextremistas han encontrado tanto crédito en la corte del emperador de Blefuscu y aquí tanta secreta asistencia de su partido, que entre ambos imperios viene sosteniéndose una sangrienta guerra hace treinta y seis lunas, con varia suerte, y en ella llevamos perdidos cuarenta grandes barcos y un número mucho mayor de embarcaciones más pequeñas, junto con treinta mil de nuestros mejores marinos y soldados; y se sabe que las bajas del enemigo son algo mayores que las nuestras. Pero ahora han equipado una flota numerosa y están precisamente preparando una invasión contra nosotros, y Su Majestad Imperial, poniendo gran confianza en vuestro valor y esfuerzo, me ha ordenado exponer esta relación de sus negocios ante vos.»
     Rogué al secretario que presentase mis humildes respetos al emperador y le hiciera saber que juzgaba yo no corresponderme, como extranjero que era, intervenir en cuestiones de partidos; pero que estaba dispuesto, aun con riesgo de mi vida, a defender su persona y su estado contra los invasores.


domingo, 18 de septiembre de 2011

invisibles

hay determinadas formas de consumo de los alimentos, especialmente donde los adquirimos o el tiempo que dedicamos a la selección, que hace que perdamos de vista su origen.
todos sabemos que la leche viene de la vaca y las papas de la tierra, pero ¿quien hace el esfuerzo por sacar estos elementos y ponerlos a nuestra disposición?
con el tiempo se han vuelto actores invisibles, y tendemos a creer que los sacrificios que se hacían en pro de conseguir alimentos, fueron superados por la técnica.
es más, muchas técnicas; y me refiero a tecnologías y palabras asociadas a estos procesos, contemplación de tiempos y entorno, se van perdiendo en ese mismo proceso de invisibilidad.
los trabajadores de los alimentos han desaparecido de nuestro horizonte, y han sido sustituidos por el reponedor del supermercado en el mejor de los casos.
pero siempre están las letras y sus porfías, y a ellos muchos los han recordado dándoles hasta un aura romántica.
esta vez sera Toto la momposina la se empeñara en el recuerdo de estas artes relacionadas a los alimentos.los versos son de José Benito Barros Palomino




domingo, 4 de septiembre de 2011

cruzando el mar

intentando huir de su destino de penitencia de viernes y cuaresma, los peces son en su variedad  uno de los manjares mas deliciosos que se nos ofrecen.
y estos viajeros de las aguas han sabido recorrer el mundo y llevar de unas culturas a otras diferentes formas de preparación a cual mas deliciosa.
quienes han sido responsables legítimos en esta travesía pesquera y culinaria, son en este caso los portugueses; por ejemplo, llevaron al Japón la modalidad de freír un bocado de pez envuelto en una crema de harina, lo que conocemos como "a la portuguesa" y alli se afinco y se desarrollo el tempura. 
también por el cruce del Atlántico desde África a Brasil, en pleno comercio esclavista, son responsables de nuevas formas de cocina, pero en este caso son los africanos los que adaptan sabores y modalidades a la nueva tierra haciendo cocina fusión antes de tiempo.
 y la pesca de estos territorios va a proveer de infinitos productos que harán la delicia de todos.
así como lo hará la fantástica clara nuñez invitándonos con lo que probablemente sea un plato ejemplo de estos cruces marinos.




martes, 30 de agosto de 2011

invitados: solo para dos

en ocasiones como esta, lo que se comparte es algo mas que la mesa.
salen a la luz recuerdos, dolores y alegrías. se confirma que el pasado fue o no mejor, que  se pudo sobrevivir, que acá estamos y pensamos seguir.
son momentos que requieren fuego y carne, y de ser posible buen vino.
puede haber lagrimas (no son imprescindibles), tiene que haber risas (así fuimos y así nuestras palabras), va a haber algún silencio.
dos confirmando un vinculo y construyendo hacia el futuro.
que el humo y las risas no nos confundan, estamos ante un momento sagrado.
desde el norte argentino pepe nuñez y juan falu trabajaron  sobre esta imagen llevándola a una hondura prodigiosa. y pone la voz para hacerla suya la gran liliana herrero


ZONKO QUERIDO (Letra: Pepe Núñez - Música: Juan Falú)

Venga póngase a mi lado
y así charlaremos largo
afinemos nuestros trancos
porque hay senda para rato
desensillo mis palabras y usted
haga vuestro gasto

Abundosos de recuerdos
los dos somos buen comienzo
y esta parla tan certera
acopiando buenamente
los amores y las penas, señor
tan prolijamente

Corazón yo lo respeto
y usted corazón lo sabe
estuvimos codo a codo
yo pichón y usted mandando
hoy deshago mis rincones sin luz
y hago luz cantando
 
Puse y pongo en la parrilla
cortes finos y achurajes
muy gustoso porque puedo
me aso lento a viva vida
corazón deje que le hable
deje corazón que siga

Que lo tengo no lo dudo,
también que lo cargo al hombro
por ahí se me recula,
rara forma de tenernos
cuanto me hace bien su pulso
capaz cuando pierdo el freno

Acuérdese de las veces
que yo casi sin aliento
mordisqueaba soledades
que porfiaban y porfiaban
qué atropellos de latidos señor
cómo cajoneaban

Cómo habrá de ser mañana
¡caray!...
crecerán los huecos tristes...
O si el que arruga fulero soy yo
¡cálleme maestro!
 



jueves, 25 de agosto de 2011

invitados: charlas

si el anfitrión tiene obligaciones para con sus invitados; y el cielo provee castigos a quien no las cumple, el invitado debe contribuir a la armonía y disfrute de la velada en la que se encuentra.
quienes comparten la mesa, deben hacer con sus diferencias un conjunto, en el que hasta las disonancias formen parte del tema. 
una buena copa, un plato suculento y una charla que mantenga nuestra atención en ese momento o, hará que surja lo que podemos denominar como, el momento de comunión.
isaac asimov así lo entiende y da valioso ejemplo de ello en su colección de cuentos de los viudos negros.
el misterio a resolver mantendrá nuestra atención.


"F" COMO EN FALSIFICADOR
La reunión de los Viudos Negros se vio ligeramente estropeada por la inquietud de James Drake. Era una lástima porque la cena fue extraordinariamente buena, incluso si  se consideraba la afectuosa solicitud que el Restaurante Milano dispensaba todos los meses a este grupo especial.
Y si la ternera a la cordon bleu necesitaba un último toque, éste lo dio el meticuloso servicio de Henry, quien  ponía platos donde segundos antes no había habido ninguno, sin que ninguno de los presentes pudiera, sin
embargo, sorprenderlo en el camino.
A Thomas Trumbull le correspondía oficiar de anfitrión, función que realizaba con un salvajismo al que  nadie prestaba la menor atención: salvajismo aun más notorio por el hecho  de  que,  como  anfitrión,  no  le
parecía mal llegar atropelladamente un segundo antes de la segunda vuelta de los aperitivos (tercera para Rubin, quien nunca acusaba los efectos). Trumbull aprovechó su derecho como anfitrión y llevó a un invitado
para el interrogatorio. Este era alto,  casi tanto como Geoffrey Avalon —el abogado de patentes miembro de los Viudos Negros—, y delgado, como Avalon. Su rostro, sin embargo, estaba totalmente afeitado y no tenía la solemnidad del de Geoffrey. Su cara más bien redonda y sus mejillas regordetas parecían tan en desacuerdo con el resto del cuerpo que daban la impresión de ser producto de un trasplante de cabeza. Se llamaba Arnold Stacey.
Trumbull lo había presentado como Dr. Arnold Stacey.
—Ah —dijo Avalon con ese aire  portentoso que automáticamente asumía en la más trivial de sus declaraciones—. Doctor doctor Stacey.
—¿Doctor doctor? —musitó Stacey, mientras se preparaba para sonreír ante la broma que seguramente había de seguir.
—Es una regla de los Viudos Negros —dijo Trumbull impacientemente— que todos los miembros sean doctores en virtud de su calidad de socios. Un doctor por cualquiera otra razón es...
—Un doctor doctor —dijo Stacey, y sonrió.
—Los títulos honorarios también  podrían tomarse en cuenta —dijo Rubin, mostrando al sonreír unos  dientes separados y una barba tan despareja como tupida era la de Avalon—, pero entonces yo vendría a ser un doctor doctor doctor...
Mario Gonzalo subía las escaleras  en ese preciso momento, trayendo con él una vaga fragancia a trementina como si viniera directamente de su estudio. (Trumbull sostenía que era una deducción apresurada y que
Gonzalo se ponía una gota de aguarrás detrás de la oreja antes de cualquier
actividad social.)
Gonzalo alcanzó a oír la última  frase de Emmanuel Rubin y antes de llegar al último peldaño dijo:
—¿Qué títulos honorarios has recibido, Manny? Más bien deshonorarios, diría yo.
Las facciones de Rubin se paralizaron como cada vez que era atacado sin previo aviso, pero fue simplemente la pausa que necesitaba para hacerse de fuerzas.
—Puedo enumerártelos. En 1938, cuando tenía sólo quince años, da la casualidad que era predicador adventista...
—No, por amor de Dios —dijo Trumbull—, no nos des toda la lista. Aceptamos todo.
—Llevas las de perder, Mario —dijo Avalon con imperturbable amabilidad—. Sabes que nunca se puede sorprender a Rubin sin razones cuando comienza a hablar sobre su vida pasada.
—Claro —convino Gonzalo—. Es por eso que sus cuentos son tan malos. Son todos autobiográficos. No tienen poesía.
—He escrito poesía —comenzó Rubin, y en ese momento entró Drake. Por lo general era el primero en llegar, pero esta vez era el último.
—El tren se atrasó —dijo tranquilamente, quitándose el abrigo. Considerando que tenía que viajar desde Nueva Jersey, lo sorprendente era que eso no sucediera más a menudo—.  Preséntenme el invitado —agregó Drake, mientras se daba vuelta para tomar la copa que Henry le ofrecía. Henry sabía lo que él prefería, por supuesto.
—Doctor doctor Arnold Stacey... Doctor doctor James Drake —dijo Avalon.
—Mis respetos —dijo Drake levantando su copa a manera de saludo—.
¿A qué rama corresponde su doctorado menos importante, doctor Stacey?
—Doctor en química, doctor doctor, y llámeme Arnold. El pequeño bigote hirsuto de Drake pareció erizarse.
—Ídem —dijo—. Mi doctorado es en química, también. Por un instante se miraron uno a otro desconfiados. Luego Drake dijo:
—¿Industria? ¿Gobierno? ¿Universidad?
—Enseño. Soy profesor ayudante en la Universidad de Berry.
—¿Dónde?
—Universidad de Berry. No es una universidad muy grande. Está en...—Sé dónde está —dijo Drake—. Allí conseguí mi título de doctor. Mucho antes que usted, sin embargo. ¿Se doctoró usted en Berry antes de ingresar al cuerpo docente?
—No, yo...
—Sentémonos, por amor de Dios —rugió Trumbull—. Cada vez se está tomando más y comiendo menos en este lugar. —Se hallaba de pie junto a la silla del anfitrión, con su copa  alzada mirando fijamente a los otros
mientras todos tomaban asiento—.  ¡Siéntense, siéntense! —y luego pronunció el brindis de ritual a la memoria del viejo rey Cole, con el mismo sonsonete de siempre, mientras Gonzalo seguía el ritmo, displicentemente, con un bollo al que partió en dos y emantequilló tan pronto como murió la
—¿Qué es esto? —preguntó Rubin de  pronto, fijando la mirada en su
plato con signos de desesperación.
—Paté Maison, señor —dijo Henry sin levantar la voz.
—Eso es lo que pensé. Hígado picado. ¡Maldita sea, Henry! Yo le pregunto a usted, como hombre patológicamente honesto, ¿se puede comer esto?
 —El asunto es totalmente subjetivo, señor. Depende del gusto personal por la comida.
Avalon golpeó la mesa.
—¡Objeción! Protesto contra  el uso de la frase adjetiva “patológicamente honesto”. Es violar la confianza.
Rubin enrojeció levemente.
—Un momento, Jeff. No estoy violando la confianza de nadie. Sucede que ésa es mi opinión sobre Henry, independientemente de lo que sucedió el mes pasado.
—Que decida el presidente —porfió Avalon.
—Se callan los dos —dijo Trumbull—. La decisión del presidente es que Henry sea reconocido por todos los Viudos Negros como ese raro fenómeno que significa un hombre completamente honrado. No se necesita dar ninguna razón. Puede aceptarse como cosa por todos sabida.
Henry sonrió amablemente.
—¿Debo retirar el paté, señor?
—¿Usted comería algo así, Henry? —preguntó Rubin.
—Con todo placer, señor.
—Entonces yo también lo como —y procedió a hacerlo dando todas las señales de controlar a duras penas sus náuseas.
Trumbull se inclinó hacia Drake y le dijo con voz que para él era baja.—¿Qué diablos te tiene así? Drake se sobresaltó ligeramente y dijo:
—Nada. ¿Qué es lo que te tiene a ti así?
—Tú —dijo Trumbull—. Nunca en mi vida creí que se pudiera despedazar un bollo en tantas partes.
La conversación se hizo general  después eso, girando principalmente sobre la desesperanzada opinión de  Rubin de que la honradez no tenía ningún poder de sobrevivencia y que  todas las fuerzas de la selección
natural se combinaban para eliminarla como una de las características humanas. Llegó a defender muy bien su tesis hasta que Gonzalo le preguntó si atribuía su propio éxito como escritor (“éxito que ya conocemos”, dijo
Gonzalo) al plagio. Cuando Rubin atacó de frente este punto e intentó probar, a través de un cuidadoso  razonamiento, que el plagio era fundamentalmente diferente de otras formas de fraude y podía ser tratado
independientemente, fue abucheado. Luego, entre el último plato y el postre, Drake se levantó para ir al baño
y Trumbull lo siguió.
—¿Conoces a ese tipo Stacey, Jim? —preguntó éste. Drake sacudió la cabeza.
—No. En absoluto.
—Bien, ¿qué sucede entonces?  Admito que no eres una púa de fonógrafo, como Rubin,  pero no has dicho una  palabra durante toda lacomida, ¡maldita sea! y no dejaste de mirar a Stacey.
 —Hazme un favor, Tom. Permíteme  interrogarlo a mí después de la comida —le pidió Drake.
—Por supuesto —concedió Trumbull, encogiéndose de hombros.
Cuando llegó la hora del café, Trumbull dijo:
—Ha llegado el momento de interrogar al invitado. Bajo circunstancias ordinarias debería ser yo quien, como el único poseedor de una mente lógica en esta mesa, tendría que comenzar. Sin embargo, en esta ocasión, cedo el lugar al doctor Drake, ya que él pertenece a la misma secta profesional que nuestro distinguido invitado.
—Doctor doctor Stacey —comenzó Drake lentamente—, ¿cómo justifica su existencia?
—Cada vez menos, a medida que pasa el tiempo —contestó Stacey imperturbable.
—¿Qué diablos significa eso? —interrumpió Trumbull.
—Yo estoy haciendo las preguntas —dijo Drake con firmeza desacostumbrada.—No me importa contestar —dijo Stacey—. Ya que las universidades parecen tener problemas mayores cada año, y debido a que yo no hago nada con respecto a esto, mi propia función como apéndice de la universidad parece cada vez menos defendible, eso es todo.
Drake pasó por alto esto.
—Usted enseña en la universidad donde yo me gradué. ¿Oyó hablar de mí alguna vez? —preguntó.
Stacey titubeó.
—Lo siento, Jim. Hay un gran número de químicos de los que nunca oí hablar. No quiero ofenderlo.
—No soy hipersensible con respecto  a eso. Jamás oí hablar de usted tampoco. Lo que quiero decir es esto: ¿Ha oído hablar de mí en la Universidad de Berry? ¿Como uno de los estudiantes de allí?
—No, no he oído.
—No me sorprende. Pero había otro  estudiante en Berry, en la misma época  que  yo.  Él  continuó  para  doctorarse  en  Berry.  Se  llamaba  Faron,  F-AR-O-N; Lance Faron. ¿Oyó hablar de él alguna vez?
—¿Lance Faron? —Stacey arrugó el entrecejo.
—Lance puede haber sido un diminutivo de Lancelot; Lancelot Faron. No sé. Siempre lo llamábamos Lance.
Finalmente Stacey sacudió la cabeza.
—No, el nombre no me es familiar.
—Pero debe de haber oído hablar de David St. George... —añadió Drake.
—¿El profesor St. George? Por supuesto. Murió el mismo año que yo ingresé al cuerpo docente. No puedo  decir que lo haya conocido, pero por supuesto que oí hablar de él.
—¡Qué diablos! ¡Maldita sea, Jim! —intervino Trumbull—. ¿Qué tipo de preguntas son éstas? ¿Estamos en una reunión de ex alumnos? Drake, que se hallaba perdido en  sus propios pensamientos, salió de
ellos y dijo:
—Espera, Tom. Quiero llegar a algo y no deseo hacer preguntas. Quisiera contar una historia primero. ¡Mi Dios! Esto me ha estado molestando durante años y nunca pensé en presentárselo a todos ustedes hasta que ahora nuestro invitado...
—Voto a favor de la historia —dijo Gonzalo.
—Con la condición —dijo Avalon— de  que  no  se  interprete  esto  como precedente.
—El presidente decide lo que  es precedente —dijo Trumbull deinmediato—. Continúa, Drake. Sólo que, ¡por amor de Dios!, no te demores toda la noche.
—Es bastante simple —dijo Drake—.  Se trata de Lance Faron, el cual era su verdadero nombre, y voy a denigrarlo. De modo que tiene que entender, Arnold, que lo  que se diga entre estos muros es estrictamente
confidencial.
—Así me lo explicaron —dijo Stacey.
—Continúa —gritó Trumbull—. Te vas a demorar toda la noche. Yo ya lo sabía.
Drake dijo:
—El problema con Lance es que no creo que nunca haya tenido la intención de ser químico. Su familia era lo suficientemente rica... Bueno, incluso esto. Cuando estaba preparando su doctorado, se hizo montar un
laboratorio con piso de corcho por su propia cuenta.
—¿Por qué un piso de corcho? —quiso saber Gonzalo.
—Si alguna vez se te hubiera caído una redoma sobre un piso de
baldosas no preguntarías eso —dijo Drake—. Eligió la carrera de químico porque tenía que elegir una carrera, y  luego la continuó porque eran los tiempos de la Segunda Guerra Mundial en Europa y comenzaban a reclutar - era 1940- y el título de químico sería  algo que el ejército respetaría y lo respetaron: nunca entró en el ejército, por lo que yo sé. Pero eso era perfectamente legítimo: yo tampoco  vestí nunca el uniforme y no acuso a nadie.
Avalon, que había sido oficial del ejército, estaba serio.
—Perfectamente legítimo —dijo, no obstante.
—No estaba hecho para eso —prosiguió Drake—; para la química, quiero decir. No tenía ninguna aptitud natural para ella y nunca se esforzó en particular. Se sentía satisfecho con un “aprobado” y eso era acaso todo lo que podía hacer. No había nada malo  en eso, supongo, y le bastaba para conseguir su título de licenciado, lo que no significa mucho en química. Sus calificaciones, sin embargo, no eran  lo suficientemente buenas como para permitirle continuar con miras al doctorado. De eso se trataba, justamente.
Todos nosotros -el resto de los que  seguíamos estudios de postgrado en química ese año- supimos que sólo llegaría a alcanzar su título de químico.
Luego conseguiría algún tipo de trabajo que lo mantuviera a salvo de ser reclutado. Supusimos que su padre le daría una mano en eso.
—¿El resto de ustedes estaba celoso de él? —preguntó Rubin—. Porque esa clase de tipo pudiera...
—No estábamos celosos de él —dijo Drake—. Claro, le envidiábamos susituación. ¡Diablos! Esos eran los tiempos en que todavía no habían empezado a llovernos los subsidios estatales. Al final de cada semestre
universitario yo vivía una historia de suspenso llamada “¿Consigo el dinero para el próximo semestre o me retiro?” A todos nosotros nos hubiera gustado ser ricos. Pero Lance era un tipo que caía bien. No se ufanaba de la situación, sino que nos llegaba a prestar unos pesos cuando andábamos en bancarrota y lo hacía sin ostentación. Además, estaba perfectamente dispuesto a admitir que no era ningún cerebro. Incluso le ayudábamos. Gus Blue le enseñaba física orgánica  por una cierta suma. No era siempre escrupuloso, por supuesto. Había una preparación que era preciso sintetizar en el laboratorio, pero nosotros sabíamos que había comprado una muestra en la tienda de productos químicos y la había presentado como propia. Por lo
menos, estábamos bastante seguros de que lo había hecho, pero no nos molestaba.
—¿Por qué no? Eso no era muy honrado, ¿no es así? —preguntó Rubin.
—Porque no le servía de nada —repuso Drake, molesto—. Significaba simplemente otro “aprobado”, si es que tenía suerte. Pero la razón por la que menciono esto es porque todos sabíamos que era capaz de hacer
trampas.
—¿Quiere decir que el resto de ustedes no lo habría hecho? —intervino Stacey. Había un tono de cinismo en su voz. Drake alzó las cejas y las volvió a bajar.
—No respondería por ninguno de nosotros si nos hubiéramos visto realmente en apuros. El asunto es que no sucedía así. Todos teníamos una posibilidad de pasar sin correr el riesgo de trampear, y ninguno de nosotros
lo hizo, por lo que yo  sé. Yo no lo hice, y eso puedo garantizarlo. Pero entonces llegó el momento en que Lance decidió continuar hasta lograr el doctorado. Fue una bomba. Los empleos relacionados con la guerra estaban comenzando a aparecer y en la universidad ya había encargados de alistar candidatos. Significaba un buen sueldo y la completa seguridad de salvarse de ser llamado a filas, pero el título del doctorado significaba mucho para nosotros y dudábamos de que volviésemos a la facultad una vez que nos hubiéramos alejado de los estudios por cualquier razón. Alguien (no yo) dijo que le habría gustado estar en el lugar de Lance, pues éste no tendría que dudar para tomar una decisión: aceptaría un empleo. “No sé”, dijo Lance, por el contrario. “Creo que me quedaré para doctorarme”. Es probable que estuviera bromeando. Estoy seguro  de que estaba bromeando; pero de todos modos, pensamos que así era y nos reímos. Como estábamos un poco bebidos, la risa se transformó en una de esas cosas sin sentido... ya saben cómo es. Si uno de nosotros daba señales de detenerse, se encontraba con la mirada de otro y comenzaba otra vez. No era tan cómico. No tenía nada de cómico. Pero nos reímos hasta quedar medio sofocados y Lance se puso rojo y luego blanco. Recuerdo que intenté decir: “Lance, no nos estamos riendo de ti”, pero no pude. Me ahogaba de risa y las palabras no me salían.
Y Lance nos dejó. Después de eso, era  seguro que intentaría el doctorado. No hablaba, pero firmó todos los formularios necesarios y eso pareció satisfacerlo. Después de un tiempo, la situación volvió a ser la de siempre, y él se mostró otra vez amable. Yo le dije: “Escúchame, Lance. Te llevarás una desilusión. No conseguirás la aprobación de la facultad para las investigaciones que requiere el doctorado sin tener ni una sola calificación sobresaliente en tu puntaje. No puedes, simplemente”. Él contestó: “¿Por qué no? Ya hablé con la comisión. Les dije que tomaría química cinética con St. George y que conseguiría un sobresaliente con él. Les dije que les mostraría lo que podía hacer”. Eso tenía incluso menos sentido para mí. Era más cómico que lo que había dicho  cuando nos reímos de él. Ustedes tendrían que haber conocido a St. George. Usted debe de saber lo que quiero decir, Arnold.
—Enseñaba un estricto curso de cinética —dijo Stacey—. Uno o dos de los más brillantes conseguían a duras penas un “sobresaliente”; de otro modo, un “aprobado” o aun menos.
Drake se encogió de hombros.
—Hay algunos profesores que se enorgullecen de eso. Son la versión profesional del Capitán Bligh. Pero  era un buen químico, probablemente el mejor que Berry haya tenido jamás. Fue el único miembro de la facultad que alcanzó prestigio nacional después de la guerra. Si Lance lograba tomar ese curso y aprobarlo con buenas calificaciones, iba a causar cierta impresión. Aunque tuviera notas mediocres en todo  lo  demás, el  razonamiento  sería: “Bueno, no ha trabajado mucho porque no ha tenido que hacerlo; pero cuando finalmente se decidió a  esforzarse, mostró una habilidad impresionante”. El y yo tomamos química cinética juntos, y yo corrí, sudé y bufé cada minuto de ese curso. Pero Lance, sentado a mi lado, nunca dejó de sonreír. Tomaba notas cuidadosamente, y sé que las estudiaba porque cuando me lo encontraba en la biblioteca siempre estaba dedicado a química cinética. Se corrió la voz. St. George no daba exámenes parciales. Dejaba que todo se planteara en los debates durante la clase y en el examen final, que duraba tres horas... tres horas enteras. La última semana del curso no había clases magistrales y los estudiantes tenían la oportunidad de resumir y repasar todo antes de la semana de los exámenes finales. Lance aún sonreía. Su rendimiento en los otros cursos tenía la calidad de siempre, pero eso no le molestaba. Solíamos decirle: “¿ Cómo te está yendo en cinética,Lance?”; y él contestaba: “Sin tropiezos”, y sonaba optimista, ¡maldita sea!
Entonces llegó el día del examen final. —Drake hizo una pausa y apretó los labios.
—¿Y? —preguntó Trumbull.
—Lance Faron aprobó —dijo Drake  en voz un poco más baja—. Logró incluso más que eso: Consiguió 90 puntos de un total de 100. Nadie antes había logrado más de 90 en los exámenes finales de St. George, y dudo de que alguien haya obtenido más después de eso.
—Nunca supe de nadie que lo lograra en los últimos tiempos —dijo Stacey.
—¿Qué puntaje obtuviste tú? —preguntó Gonzalo.
—Obtuve 82 —dijo Drake—. Y a excepción del de Lance, fue el mejor puntaje de la clase. A excepción del de Lance.
—¿Qué sucedió con el muchacho? —preguntó Avalon.
—Comenzó sus estudios de doctorado, por supuesto. La facultad le concedió su aprobación sin ningún impedimento, y se comentó que el mismo St. George lo recomendó. Después de aquello yo dejé la universidad — continuó Drake—. Trabajé en la separación de isótopos durante la guerra y con el tiempo me mudé a Wisconsin para realizar mi investigación doctoral.
Pero de vez en cuando  me llegaban noticias de Lance a través de viejos amigos. Lo último que supe fue que se encontraba en algún lugar de Maryland, dirigiendo su propio laboratorio privado. Cerca de diez años atrás, recuerdo haber buscado su nombre en  Anales de la Química y encontré la lista de unos pocos artículos que había publicado. Nada fuera de lo común. Era típico de Lance.
—¿Continúa autofinanciándose? —preguntó Trumbull.
—Supongo que sí.
Trumbull se echó hacia atrás.
—Si aquí termina tu historia, Jim, ¿qué diablos es lo que te molesta?
Drake paseó su mirada alrededor  de la mesa, observando primero a unos y luego a otros, y después dio un golpe con el puño que hizo saltar y tintinear las tazas de café.
—Porque hizo trampa, ¡maldita sea! Ese no fue un examen limpio, y mientras él tenga su título de doctor mi título tendrá menos valor, y el suyo también —le dijo a Stacey.
—Un falso doctor —murmuró Stacey.
—¿Qué? —dijo Drake un poco desconcertado.—Nada —repuso Stacey—. Estaba  pensando solamente en un colega que inventó esta expresión en una  facultad de medicina donde los estudiantes consideraban el título de médico como el único título legítimo de doctor. Para ellos los otros “Doctores” eran todos falsos.
Drake resopló.
—En realidad —comenzó Rubin con el  típico aire de controversia que solía adoptar incluso en sus frases más triviales—, si tú... Avalon lo interrumpió desde su impresionante altura:
—Bueno, dime Jim: si él hizo trampa, ¿cómo fue que se salió con la suya?
—Porque no había nada que probara que había hecho trampa.
—¿Se te ocurrió alguna vez —dijo Gonzalo— que quizá no haya trampeado? Quizá fuese cierto, realmente, que cuando se proponía algo demostraba una habilidad pasmosa.
—No —dijo Drake con otro golpe estremecedor sobre la mesa—. Es imposible. Nunca hasta entonces había demostrado tener esa habilidad y nunca la demostró después. Además estuvo muy confiado durante todo el curso. Poseía esa confianza que sólo  podía significar que había ideado un plan a toda prueba para conseguir ese “sobresaliente”.
—Está bien —dijo Trumbull lentamente—, supongamos que así fue.
Consiguió su título de doctor, pero  no le fue muy bien. De acuerdo con lo que dices, se halla perdido en algún oscuro rincón, sin pena ni gloria. Sabes perfectamente bien, Jim, que muchísimos tipos logran alcanzar posiciones profesionales, incluso sin trampear,  y sin tener más sesos que un canario.
¿Por qué tomárselas con ese sujeto en particular, haya o no haya trampeado? ¿Sabes qué pienso que te hace perder los estribos, Jim? Lo que te duele es que no sabes cómo  lo  hizo.  Si  pudieras  solucionar  eso,  ¡vamos!, te olvidarías del asunto.
—¿Alguien desea un poco más de  coñac, caballeros? —interrumpió Henry.
Cinco copas, pequeñas y delicadas,  se levantaron. Avalon, que sabía exactamente la cantidad que su cuerpo toleraba, mantuvo la suya en la mesa.
—Bien, Tom —dijo Drake—, entonces explícamelo. ¿Cómo lo hizo? Tú eres el experto en códigos.
—Pero aquí no se trata de ningún código. No sé. Quizás él logró que...que... algún otro hiciera el examen en su lugar y entregó las respuestas de otro.
—¿Con la letra de ese otro? —dijo Drake despreciativamente—.Además, ya pensé en eso. Todos pensamos en eso. No creerás que fui yo el único que pensó que Lance había hecho trampa, ¿no? Todos pensamos lo mismo. Cuando apareció ese 90 en la lista de exámenes y después que recobramos el aliento -y nos tomó  unos cuantos minutos- exigimos ver su examen. Lo entregó sin ningún reparo y todos nosotros lo revisamos. Era un trabajo casi perfecto, pero de su puño y letra y en el estilo que le era propio.
No me impresionaron los pocos errores que allí aparecían. En ese momento pensé que los había hecho sólo para no presentar un examen perfecto.
—Está bien —dijo Gonzalo—. Algún otro hizo ese examen y tu amigo lo copió con sus propias palabras.
—Imposible. No había nadie en el aula fuera de los estudiantes y del ayudante de St. George. Este abrió  los temas de examen sellados, justo antes de dar comienzo a la prueba. Nadie pudo haber escrito un examen
para Lance y otro para sí mismo, incluso suponiendo que nadie lo hubiese visto hacerlo. Además, en esa clase  no había nadie que fuese capaz de pasar un resultado de 90 puntos.
—Lo imposible sería que lo hubiese escrito allí mismo —dijo Avalon—.
Pero supongamos que alguien logró  conseguir una copia de las preguntas con la suficiente anticipación al  examen, y luego consultó los textos, trabajando a fondo, hasta poder redactar respuestas perfectas. ¿No es
posible que Lance haya hecho algo así?
—No, no es posible —dijo Drake inmediatamente—. No estás sugiriendo nada que nosotros no hayamos imaginado entonces, te lo puedo asegurar. La universidad había sufrido un escándalo a raíz de ciertas trampas, hacía diez años, y por lo tanto el procedimiento de rutina se había hecho más estricto. St. George cumplía las medidas de siempre. Redactó las preguntas y se las entregó a su secretaria el día anterior al examen. Ella mimeografió el número necesario de copias en presencia de St. George. Este revisó las
copias y luego destruyó el original y el esténcil del mimeógrafo. Las preguntas del examen fueron empaquetadas, selladas y guardadas en la caja de seguridad de la universidad.  La caja fue abierta justo antes del examen y los cuadernillos de preguntas entregados al ayudante de St.
George. No existía ninguna posibilidad de que Lance viera las preguntas.
—Quizá no entonces, precisamente  —dijo Avalon—. Pero incluso si el profesor contaba con las preguntas mimeografiadas el día anterior al examen, ¿desde cuándo pudo haberlas tenido en su poder? Pudo haber
utilizado un examen de algunos de los anteriores...
—No —interrumpió Drake—. Como  preparación de rutina habíamos estudiado cuidadosamente, antes del  examen, todas las preguntas que St.George había hecho en años anteriores. ¿Crees que éramos tontos? No hubo repeticiones.
—Está bien. Pero incluso, de haber preparado un examen totalmente nuevo, pudo haberlo hecho al comienzo del semestre. Ustedes no lo hubieran sabido. Lance pudo haber visto las preguntas a principios del semestre. Sería mucho más fácil preparar las respuestas para un número fijo de preguntas durante el transcurso del semestre que intentar aprender toda la materia.
—Creo que te estás acercando, Jeff —dijo Gonzalo.
—Frío, frío —dijo Drake—, porque no fue así como trabajó St. George.
Cada pregunta de su examen final se refería a algún punto en particular que en algún momento resultara difícil para alguno de los estudiantes. Uno de, ellos, y el más sutil, se refería a  un problema que yo no había entendido durante la última semana de clase. Yo había señalado lo que me parecía que era un error en derivación y St. George... Bueno, no importa. El asunto es que el examen debió de ser preparado después de las últimas clases. Arnold Stacey interrumpió.
—¿Era ésa una costumbre de St. George? Si así fuese debía de regalar varios puntos a los muchachos.
—¿Quiere decir que los alumnos esperarían precisamente aquellas preguntas referentes a los errores que surgían durante los seminarios?
—Más que eso. Los estudiantes  podían llamar deliberadamente la atención del profesor hacia aquellas partes de la materia que conocían bien con el objeto de inducir a St. George a que les adjudicara el mayor puntaje.
—No puedo responder a eso —dijo Drake—. No asistimos a sus cursos previos, de modo que no podemos saber si sus exámenes anteriores seguían la misma línea.
—Si así fuera, los alumnos anteriores habría hecho correr la noticia, ¿no es así? Es decir, si  los cursos de  los años cuarenta se parecían en algo a  los de ahora.
—Lo habrían hecho —admitió Drake—, pero no lo hicieron. Así sucedió con St. George, ese año al menos.
—Dime, Jim, ¿cómo se las arreglaba Lance durante las exposiciones del seminario? —interrumpió Gonzalo.
—No hablaba; no se arriesgaba. Todos nosotros suponíamos que así sería. No nos sorprendía.
—¿Y la secretaria del departamento de química? ¿Puede ser que Lance hubiera logrado sonsacarle las preguntas? —preguntó Gonzalo.
—No conoces a la secretaria —dijo Drake sombríamente—. Además no podría haberlo hecho. No pudo haber sobornado a la secretaria, ni violado la caja de seguridad ni hecho ninguna  trampa. Por la naturaleza de las preguntas pudimos darnos cuenta de que el examen había sido preparado la semana anterior a la finalización del curso, y durante esa última semana Lance no podía haber hecho nada.
—¿Estás seguro? —preguntó Trumbull.
—Te apuesto lo que quieras. A todos nos molestaba el hecho de que estuviera tan confiado. El resto de nosotros estaba verde ante la idea de fracasar, y él sonreía. Sonreía siempre. Antes de la última clase alguien dijo: “Se robará la hoja de las preguntas”. En realidad fui yo quien lo dijo, pero los demás estaban de acuerdo y decidimos... bueno, decidimos seguirle la pista.
—¿Quieres decir que nunca lo perdieron de vista? —inquirió Avalon—. ¿Mantuvieron guardias de vigilancia  durante la noche? ¿Lo seguían cuando iba al baño?
—Casi, casi. Burroughs era su compañero de cuarto y Burroughs tenía el sueño liviano y juraba que sabía cada vez que Lance se daba vuelta en su cama.
—Pudo haber drogado a Burroughs una noche —dijo Rubin.
—Pudo,  pero  a  éste  no  le  pareció, y nadie lo creyó tampoco. Sucedía simplemente que Lance no actuaba de ningún modo en forma sospechosa; ni siquiera parecía molesto por ser observado.
—¿Sabía que lo estaban vigilando? —preguntó Rubin.
—Probablemente lo sabía. Cada vez que iba a algún lado solía sonreír y decir: “¿Quién me acompaña?”
—¿A qué lugares iba?
—A los sitios de costumbre. Comía, bebía, dormía, evacuaba. Solía ir a la biblioteca de la facultad a estudiar o se quedaba en su habitación. Fue al correo, al banco, a una zapatería.  Lo seguimos en cada una de sus
diligencias, a lo largo y ancho del pueblo. Además...
—Además ¿qué? —dijo Trumbull.
—Además, incluso si hubiera logrado apoderarse de la hoja de preguntas, sólo podía haber sido en esos pocos días antes del examen, quizá sólo la noche anterior. Siendo quien era, Lance tendría que haber sudado
tinta china para encontrar las respuestas. Eso le habría llevado días de intenso trabajo y estudio. Si hubiese  podido contestarlas sólo con echarles una mirada, no hubiera tenido necesidad de hacer trampas: habría podido mirarlas en los primeros minutos del examen.
—Me parece que llegaste a un callejón sin salida, Jim. Aparentemente,tu sospechoso no pudo hacer trampas —comentó Rubin con tono irónico.
—De eso se trata, precisamente —gritó Drake—. Debe de haber hecho trampa, pero en forma tan inteligente que nadie lo pudo sorprender. Nadie pudo siquiera imaginar cómo lo hizo. Tom tiene razón: es eso lo que me molesta.
Fue entonces cuando Henry tosió y dijo:
—¿Me permiten una palabra, señores?
Todas las cabezas se dirigieron hacia arriba como si un titiritero invisible hubiese tirado de los hilos.
—¿Sí, Henry? —dijo Trumbull.
—Me parece, señores, que ustedes están demasiado familiarizados con la falta de honradez como para entenderla bien.
—¡Por Dios, Henry, me ofende usted duramente! —dijo Avalon con una sonrisa, pero sus cejas oscuras se fruncieron hasta casi cubrirle los ojos.
—No quiero ser irrespetuoso, señores, pero el Sr. Rubin sostuvo que la falta de honradez tiene su valor. El Sr. Trumbull piensa que el Dr. Drake está molesto sólo porque el fraude fue lo suficientemente inteligente como para evitar ser descubierto y no por el hecho en sí, y quizá todos ustedes están de acuerdo con eso.
—Me parece que lo que quieres insinuar, Henry, es que tu honradez exagerada te permite detectar el fraude mejor que nosotros e incluso comprenderlo con más exactitud —dijo Gonzalo.
—Casi tengo esa impresión, señor —contestó Henry—, en vista de que ninguno de ustedes ha hecho comentario alguno sobre un hecho de la historia del Dr. Drake que es evidentemente improbable y que me  parece que explica todo.
—¿Cuál es? —preguntó Drake.
—¡Vaya! La actitud del profesor St. George, señor.  Se trata de un profesor que se enorgullece de suspender a muchos de  sus alumnos y que nunca permite que nadie obtenga más de 80 puntos en el examen final, y sin embargo, un estudiante que es absolutamente mediocre -y entiendo que todos los de la facultad, tanto los profesores como los alumnos, conocían su mediocridad- obtiene un 90 y el profesor lo acepta e incluso lo respalda ante la comisión calificadora. No hay duda de que él debió de haber sido el primero en sospechar un fraude y  debió de haberlo hecho sumamente indignado, también.
Hubo un silencio. Stacey estaba pensativo.
—Quizá no podía admitir —dijo Drake— que alguien fuese capaz de engañarlo a él. ¿Me entiende?—Esas son disculpas, señor —repuso Henry—. En cualquier situación en
la que un profesor hace preguntas y  un alumno las contesta, uno siempre tiende a pensar que si hay trampa ésta proviene del alumno. ¿Por qué? ¿Qué pasaría si el tramposo fuese el profesor?
—¿Qué ganaría con eso? —inquirió Drake.
—¿Qué es lo que se gana normalmente? Dinero, según sospecho, señor.
La situación, como usted la describió, es la de un estudiante que goza de excelente estado económico y la de un profesor que tenía el salario que solía ganar un profesor en aquellos días, antes que empezaran a llegar las
financiaciones del gobierno. Suponga que el alumno le hubiera ofrecido unos pocos miles de dólares...
—¿Para qué? ¿Para que le otorgara una nota falsa? Vimos el examen de Lance y era legítimo. ¿Para permitir que Lance viera las preguntas antes de haberlas mimeografiado? No le habría servido de nada a Lance.
—Mírelo al revés, señor. Suponga que el estudiante le hubiera ofrecido esos pocos miles de dólares para que le permitiese a él, el alumno, mostrarle las preguntas al profesor.
Otra vez intervino el titiritero invisible y hubo un coro de “Oués” en diferentes tonos.
—Supongamos, señor —continuó Henry pacientemente—, que fue el Sr. Lance Faron quien escribió las preguntas, una por una, durante el transcurso del semestre, puliéndolas a medida  que éste avanzaba. 
Eligió algunos puntos interesantes que surgieron en las clases, sin hablar nunca durante los debates de manera que pudiera escuchar mejor. Las pulió a medida que avanzaba el semestre, trabajando intensamente. Como dijo el Sr. Avalon, es más fácil entender unos pocos puntos específicos que aprender el contenido de toda una materia. Incluyó una pregunta  de  las  clases  de  la  última semana haciéndoles creer a ustedes,  inadvertidamente, que el examen en su totalidad había sido elaborado durante la última semana. Esto significó también que logró un examen que era totalmente diferente de la variedadmque St. George normalmente daba. Los exámenes anteriores del curso no se habían centrado en las dificultades de los alumnos. Ni tampoco lo hicieron los que vinieron a continuación, según puedo juzgar por la sorpresa del Dr. Stacey. Luego, al final del curso, habiendo completado el examen, debió de haberlo enviado por correo al profesor.
—¿Por correo? —preguntó Gonzalo.
—Creo que el Dr. Drake mencionó  que el joven fue a la oficina de correos. Puede ser que lo haya enviado por correo. El profesor St. George podría haber recibido las preguntas  junto con parte del pago en billetes chicos, quizás. Él, entonces, lo habría escrito con su propia letra, o mecanografiado, y lo habría entregado a su secretaria. De ahí en adelante, todo habría sido normal. Y, por supuesto, el profesor habría tenido que respaldar al alumno hasta el final.
—¿Por qué no? —dijo Gonzalo entusiasmado—. ¡Por Dios, que tiene sentido!
—Tengo que admitir —dijo Drake lentamente— que ésa es una posibilidad que nunca se nos ocurrió a ninguno de nosotros... Pero, por supuesto, nunca lo sabremos.
—Casi no he abierto la boca en toda la noche —interrumpió Stacey—, a pesar de que se me dijo que sería interrogado.
—Lo siento —dijo Trumbull—. Este papanatas de Drake tenía que contar una historia sólo porque usted provenía de Berry.
—Muy bien, entonces. Pero como  provengo de Berry, permítame agregar algo. El profesor St. George murió el año en que yo ingresé, según dije, y yo no lo conocía. Pero conozco a mucha gente que sí lo trató y he oído muchas historias acerca de él.
—¿Quiere decir que se sabía que era un tramposo? —preguntó Drake.
—Nadie dijo eso. Pero se sabía que era poco escrupuloso, y he oído algunas alusiones pocos felices  sobre cómo manejaba los fondos gubernamentales para que le dejaran un cierto provecho. Ahora que escuché su historia sobre Lance, Jim, debo admitir que no pensé que St. George estuviera implicado de esa manera, precisamente. Pero como Henry se ha tomado la molestia de pensar lo impensable desde las alturas de su propia honradez... bueno, creo que tiene razón.
—De modo que así fue —dijo Trumbull—. Después de treinta años, Jim, puedes olvidarte de toda esta historia.
—Excepto... excepto... —una semisonrisa cruzó por el semblante de Drake y en seguida se echó a reír—: Ahora soy yo el tramposo, porque no puedo evitar pensar que si Lance poseía las preguntas desde el comienzo, el muy sinvergüenza pudo habernos dado una pista al resto.
—¿Después que todos ustedes se habían reído de él, señor? —preguntó Henry suavemente, mientras comenzaba a despejar la mesa.


sábado, 20 de agosto de 2011

invitados: una pequeña falla

una cena cordial, un buena charla, por supuesto buen vino...todo bien hasta que llega el, ese a quien casi nadie espera y que de alguna manera lo arruina todo.
dentro del delicado equilibrio de la mesa, cualquier descortesía o paso en falso puede ser fatal, y el anfitrión así verse envuelto en el peor de los temores, que la combinación de invitados no funcione.
no siempre esta claro porque; nadie tiene un indicador que advierta que es posible factor de error, pero sus efectos se hacen sentir. aun en el sabor de los alimentos.
para explicar esa temida desazón, nadie mejor que franz kafka y su relato comunidad

Somos cinco amigos, hemos salido uno detrás del otro de una casa; el primero salió y se colocó junto a la puerta; luego salió el segundo, o mejor se deslizó tan ligero como una bolita de mercurio, y se situó fuera de la puerta y no muy lejos del primero; luego salió el tercero, el cuarto y, por último, el quinto. Al final formábamos una fila. La gente se fijó en nosotros, nos señalaron y dijeron: «Los cinco acaban de salir de esa casa». Desde aquella vez vivimos juntos. Sería una vida pacífica, si no se entrometiera continuamente un sexto. No nos hace nada, pero nos molesta, lo que es suficiente. ¿Por qué quiere meterse donde nadie lo quiere? No lo conocemos y tampoco queremos acogerlo entre nosotros. Si bien es cierto que nosotros cinco tampoco nos conocíamos con anterioridad y, si se quiere, tampoco ahora, lo que es posible y tolerado entre cinco, no es posible ni tolerado en relación con un sexto. Además, somos cinco y no queremos ser seis. Y qué sentido tendría ese continuo estar juntos. Tampoco entre nosotros cinco tiene sentido, pero, bien, ya estamos juntos y así permanecemos, pero no queremos una nueva unión, y precisamente a causa de nuestras experiencias. ¿Cómo se le podría enseñar todo al sexto? Largas explicaciones significarían ya casi un a acogida tácita en el grupo. Así, preferimos no aclarar nada y no le acogemos. Si quiere abrir el pico, lo echaremos a codazos, pero si insistimos en echarlo, regresa.





sábado, 13 de agosto de 2011

energía y voluntad

aparecen en los platos del hombre desde tiempos inmemoriales, se las muele,  hierve, fríe u hornea para consumirlas de las mas diferentes formas. dan harinas, aceites, perfumes y hasta el chocolate, regalo de los dioses.
las semillas, que de ellas estamos hablando, le recuerdan al hombre su pacifica condición de recolector y agricultor dejando de lado al cazador glorificado.
desde el trigo para el pan, o el dorado maíz americano, porotos de mil colores, o el dulce anís; las semillas son casi omnipresentes.
la lista es ingenua en su intento y el singular injusto con la diversidad, pero ejemplo de semillas en nuestra mesa son, nuez y arroz, lino, girasol, la mínima mostaza de rastro bíblico, o la granada que los lleva hasta en su nombre, piñón, maní, la que da la calabaza o el innumerable sesamo  todos y cada uno de ellos son solo una mínima parte de la inmensa corte de semillas que esparcen la vida a lo largo de nuestro planeta.
tomándolas como símbolo de lo latente y a la voluntad como herramienta para que esto surja, el uruguayo jose enrique rodó nos enfrenta a su magnifica (y no menos terrible) parábola la pampa de granito 





Era una inmensa pampa de granito; su color, gris; en su llaneza, ni una arruga; triste y desierta; triste y fría; bajo un cielo de indiferencia, bajo un cielo de plomo. Y sobre la pampa estaba un vicio gigantesco; enluto, lívido, sin barbas; estaba un gigantesco viejo de pie, erguido como un árbol desnudo. Y eran fríos los ojos de este hombre, como aquella pampa y aquel cielo; y su nariz, tajante y dura como una segur: y sus músculos, recios como el mismo suelo de granito; y sus labios no abultaban más que el filo de una espada. Y junto al viejo había tres niños ateridos, flacos, miserables: tres pobres niños que temblaban, junto al viejo indiferente e imperioso, como el genio de aquella pampa de granito.
El viejo tenía en la palma de una mano una simiente menuda. En su otra mano, el índice extendido parecía oprimir en el vacío del aire como en cosa de bronce. Y he aquí que tomó por el flojo pescuezo a uno de los niños, y le mostró en la palma de la mano la simiente, y con voz comparable al silbo helado de una ráfaga, le dijo: «Abre un hueco para esta simiente»; y luego soltó el cuerno trémulo del niño, que cayó, sonando como un saco mediado de guijarros, sobre la pampa de granito.
-«Padre, sollozó él, ¿cómo le podré abrir si todo este suelo es raso y duro?» -«Muérdelo», contestó con el silbo helado de la ráfaga; y levantó uno de sus pies, y lo puso sobre el pescuezo lánguido del niño; y los dientes del triste sonaban rozando la corteza de la roca, como el cuchillo en la piedra de afilar; y así pasó mucho tiempo, mucho tiempo: tanto que el niño tenía abierta en la roca una cavidad no menor que el cóncavo de un cráneo: pero roía, roía siempre, con un gemido de estertor, roía el pobre niño bajo la planta del vicio indiferente e inmutable, como la pampa de granito.
Cuando el hueco llegó a ser lo hondo que se precisaba, el viejo levantó la planta opresora; y quien hubiera estado allí hubiese visto entonces una cosa aún más triste, y es que el niño, sin haber dejado de serlo, tenía la cabeza blanca de canas; y apartóle el viejo, con el pie, y levantó al segundo niño, que había mirado temblando todo aquello. -«Junta tierra para la simiente», le dijo. -«Padre -preguntóle el cuitado-, ¿en dónde hay tierra?» -«La hay en el viento; recógela», repuso; y con el pulgar y el índice abrió las mandíbulas miserables del niño; y le tuvo así contra la dirección del viento que soplaba, y en la lengua y en las fauces jadeantes se reunía el flotante polvo del viento, que luego el niño vomitaba, como limo precario; y pasó mucho tiempo, mucho tiempo, y ni impaciencia, ni anhelo, ni piedad, mostraba el viejo indiferente e inmutable sobre la pampa de granito.
Cuando la cavidad de piedra fue colmada, el viejo echó en ella la simiente, y arrojó al niño de sí como se arroja una cáscara sin jugo, y no vio que el dolor había pintado la infantil cabeza de blanco; y luego, levantó al último de los pequeños, y le dijo, señalándole la simiente enterrada: «Has de regar esa simiente»; y como él le preguntase, todo trémulo de angustia: «Padre, ¿en dónde hay agua?» -«Llora, la hay en tus ojos», contestó; y le torció las manos débiles, y en los ojos del niño rompió entonces abundosa vena de llanto, y el polvo sediento la bebía; y este llanto duró mucho tiempo, mucho tiempo, porque para exprimir los lagrimales cansados estaba el viejo indiferente e inmutable, de pie sobre la pampa de granito.
Las lágrimas corrían en un arroyo quejumbroso tocando el círculo de tierra; y la simiente asomó sobre el haz de la tierra como un punto; y luego echó fuera el tallo incipiente, las primeras hojuelas; y mientras el niño lloraba, el árbol nuevo criaba ramas y hojas, y en todo esto pasó mucho tiempo, mucho tiempo, hasta que el árbol tuvo tronco robusto, y copa anchurosa, y follaje, y flores que aromaron el aire, y descolló en la soledad; descolló el árbol aún más alto que el viejo indiferente e inmutable, sobre la pampa de granito.
El viento hacía sonar las hojas del árbol, y las aves del cielo vinieron a anidar en su copa, y sus flores se cuajaron en frutos; y el viejo soltó entonces al niño, que dejó de llorar, toda blanca la cabeza de canas; y los tres niños tendieron las manos ávidas a la fruta del árbol; pero el flaco gigante los tomó, como cachorros, del pescuezo, y arrancó una semilla, y fue a situarse con ellos en cercano punto de la roca, y levantando uno de sus pies juntó los dientes del primer niño con el suelo: juntó de nuevo con el suelo los dientes del niño, que sonaron bajo la planta del viejo indiferente e inmutable, erguido, inmenso, silencioso, sobre la pampa de granito.
Esa desolada pampa es nuestra vida, y ese inexorable espectro es el poder de nuestra voluntad, y esos trémulos niños son nuestras entrañas, nuestras facultades y nuestras potencias, de cuya debilidad y desamparo la voluntad arranca la energía todopoderosa que subyuga al mundo y rompe las sombras de lo arcano.
Un puñado de polvo, suspendido, por un soplo efímero, sobre el haz de la tierra, para volver, cuando el soplo acaba, a caer y disiparse en ella; un puñado de polvo: una débil y transitoria criatura, lleva dentro de sí la potencia original, la potencia emancipada y realenga, que no está presente ni en los encrespamientos de la mar, ni en la gravitación de la montaña, ni en el girar de los orbes; un puñado de polvo puede mirar a lo alto, y dirigiéndose al misterioso principio de las cosas, decirle: «Si existes como fuerza libre y consciente de tus obras, eres, como yo, una Voluntad: soy de tu raza, soy tu semejante; y si sólo existes como fuerza ciega y fatal, si el universo es una patrulla de esclavos que rondan en el espacio infinito teniendo por amo una sombra que se ignora a sí misma, entonces yo valgo mucho más que tú; y el nombre que te puse, devuélvemelo, porque no hay en la tierra ni en el cielo nada más grande que yo!»

martes, 2 de agosto de 2011

fruta amarga

deja en la boca un sabor extraño o mejor, nos deja sin sabor.
si la fruta es para muchos simbolo de alegrias y placer, es en esta entrada que adquiere el mas terrible aspecto posible. 
un mujer bella, una hermosa voz y perfectos versos para describir el horror.
la cosecha de esta fruta de otros modos continua.
es Billie Holiday cantando Strange Fruit




jueves, 28 de julio de 2011

cotidianas

a veces uno encuentra imagenes que por alguna razon le son familiares desde la primera vez que las ve.
quiza porque muestran elementos que creemos propios, o los anhelamos, o su belleza nos atrapa. o quiza sea todo eso combinado.
por eso, esta vez quien nos acompaña es una fotografa uruguaya karina perdomo quien realiza su muestra "metaforas cotidianas" sobre la que dice en el blog relación11. 
por momentos sus palabras pueden aplicarse a lo que se intenta a diario en las cocinas:
 
Se propone una mirada distinta a los objetos cotidianos que nos rodean, iniciando, a partir de la imagen dada, un viaje desde el concepto, desde la idea intangible al libre espacio de la imaginación. Creándose, así, una naturaleza diferente de las cosas, intentando ir más allá de la idea ordinaria y utilitaria de las mismas. Arribando a un mundo donde las cosas desaparezcan en su funcionalidad, desplazando su sentido natural y obvio, y persiguiendo, de esta manera, la provocación de una percepción poética, por un lado, intentando dar sentido de “ser” a la materia, es decir buscar o atribuirle una esencia, una nueva realidad simbólica, un atributo desconocido y extraño a sus propios conceptos de cosas/objetos. Por otro lado, se persigue lo irónico, analogías, metáforas, paradojas, etc.


Podría decirse que constituye una exigencia, a las cosas cotidianas, de una máxima significación metafórica donde la colaboración activa de la imaginación del intérprete se vuelve fundamental y necesaria.