sábado, 30 de abril de 2011

a las diecisiete, a los diecisiete

llego el otoño acá en el sur y de pronto comienzan a surgir esos momentos, en los que uno se detiene a  reflexionar, y ese tiempo es sinónimo de té.
muchas marcas, variedades, sabores y texturas, y entre ellas algunas que se personalizan como las propuestas de la tea blender Ines Berton
sugerentes y atractivas, muchas de ellas hacen que vuelvan a la memoria, personas de otros tiempos felices, entre vapores y sonrisas sin motivo.
la artista uruguaya Magela Prego lo describe así:

Té con vos

Quiero tomar té
y quiero invitarte 
al aroma fresco
de naranja rota
al mantel manchado
a mojar tu boca
a comer escones
a charlar de modas
a tomar el té
con tu voz de loza

Quiero tomar té
y quiero invitarte
a un tramo del humo
a un trago de hojas
al dulce letargo
que trae el azúcar
al vaivén del agua
al telón de borra
alas manos cerca
a la taza honda
 a la tarde fría
al color de rosas 
a las diecisiete
de todas las horas 
a tomar el té
con tus cejas locas

Quiero tomar té
y quiero invitarte* **



*este texto se extrajo de la revista BLA numero 28
** dedicado a mis amigos Sandra y Rivera , por sus tazas de té, en diferentes lugares en tiempos similares

lunes, 25 de abril de 2011

la prudencia nunca es poca v

la vida desordenada desborda tambien los limites de las cocinas. 
delito, pasión, venganza y delicias. todo mezclado en una excitante combinación
quienes transgredan las normas establecidas, pagaran caras las consecuencias en otra peligrosa cocina 
asi lo deja establecido en la red Karina Pugh Briceño, y su texto: 


la hoja dentro de su cuerpo


Siento el rasgado de la tela al contacto con mi recién afilado cuchillo. Luego, el crujir de la piel de la espalda. Tiemblo al constatar que mis fantasías finalmente se concretan. El rojo comienza a teñir escandalosamente la inmaculada filipina blanca del Chef Ejecutivo. No grita, apenas lanza un suspiro de incredulidad. No quiero ver su cara, sólo quiero trinchar su carne oxigenada, viva, palpitante. Una ola de euforia me estremece, quiero cantar mientras siento como su vida se escapa por la herida. Soy una vengadora de cocineros maltratados, de ilusos que pusieron sus esperanzas en él, de clientes estafados... Soy yo, su Chef Pastelera, la favorita de su brigada, quien le está dando su merecido.
El instante en el cual toda la hoja del cuchillo habita dentro del su cuerpo es para mí como un paroxismo orgásmico. No lucha, no se queja, sabe que soy yo quien le arrebata la vida, y sabe que es justo que lo haga. Asume su destino de asesinado con más decoro y silencio que sus desórdenes amorosos o sus desfalcos millonarios.
Yo, mientras yace en el suelo de la cocina, pruebo unas fresas, maduras y perfumadas, acabadas de llegar y me pregunto si durante el servicio abrirán la cava grande en la cual pretendo, desmembrado, congelar su cuerpo enorme hasta que decida en qué estofado y con cuales hierbas, cocinarlo para el almuerzo.*






gracias karina por la generosidad y la confianza





sábado, 23 de abril de 2011

requisitos para un buen cocinero: el don de mando

estar al frente del pequeño ejercito de una cocina de restaurante, no es tarea sencilla.
lidiar con la delicadeza de los productos y la sensibilidad de los cocineros, hace que nuestro candidato deba ser una mezcla de maestra de primaria con el general Patton.
sabores y alegrías, presión y emoción, junto con cientos de ordenes en pocos minutos no son tarea sencilla.
de la mano de Pixar y el director Brad Bird,  aprenderemos un nuevo valor para nuestro candidato viendo Ratatouille


sábado, 16 de abril de 2011

requisitos para un buen cocinero: el ingenio

todas las profesiones tienen una imagen de si mismas, que hace que exijan a quien quiere ingresar en ellas, toda una serie de valores que lo acerquen a su ideal.
esto hace que nos preguntemos ¿que se necesita para ser cocinero?.
 de a poco y con ayuda de la literatura iremos desarrollando el perfil de nuestro candidato ideal. 
Giovanni Boccaccio aporta en este caso el ingenio desde las paginas del Decameron:

sexta jornada. novela cuarta.
Quiquibio, cocinero de Currado Gianfigliazzi, con una rápida respuesta para salvarse, convierte la ira de Currado en risa, y escapa del castigo con que éste le había amenazado.


Ya se callaba Lauretta y todos habían alabado muchísimo a Nonna, cuando la reina le ordenó a Neifile que continuase; y ella dijo:
- Aunque el rápido ingenio, amorosas señoras, preste a menudo palabras útiles y bellas, según los casos, a quien habla, también la fortuna, que a veces ayuda a los temerosos, pone súbitamente en su lengua algunas de esas que jamás quién habla habría sabido encontrar con el ánimo sosegado; y esto es lo
que pretendo demostraros con mi cuento.
Currado Gianfigliazzi, como todas vosotras habéis podido ver y oír, ha sido siempre un notable ciudadano de nuestra ciudad, liberal y espléndido, y llevando continuamente vida caballeresca se ha deleitado con perros y aves de caza, porno decir ahora sus más destacadas obras. El cual, habiendo matado un día con un halcón suyo una grulla junto a Perétola, al verla gorda y tierna se la mandó a un buen cocinero suyo que se llamaba Quiquibio y era veneciano; y se la mandó diciendo que se la asase para la cena y se la preparase bien. Quiquibio, que era tan ridículo charlatán como parecía, una vez preparada la grulla, la puso al fuego y comenzó con diligencia a cocinarla. Y estando ya casi hecha y despidiendo un olor buenísimo, sucedió que una mujercilla del barrio, que se llamaba Brunetta y de quien Quiquibio estaba muy enamorado, entró en la cocina, y al percibir el olor de la grulla y al verla, le rogó cariñosamente a Quiquibio que le diese uno de sus muslos. Quiquibio le respondió como cantando y dijo:
- No lo tendréis de mí, doña Brunetta, no lo tendréis de mí.
Por lo que doña Brunetta, enfadada, le dijo:
- Por Dios, que si no me lo das no tendrás nunca de mí nada que te guste.
Y, para abreviar, la discusión fue larga; al final Quiquibio, para no contrariar a su señora, arrancándole uno de los muslos a la grulla, se lo dio.
Al llevar luego ante Currado y algún huésped suyo la grulla sin muslo, y al asombrarse Currado de ello, hizo llamar a Quiquibio y le preguntó qué le había pasado al otro muslo de la grulla. Y el veneciano mentiroso respondió enseguida:
-Mi señor, las grullas no tienen más que un muslo y una pata.
Currado, entonces, dijo enojado:
-¿Cómo diablos no tienen más que un muslo y una pata? ¿Es que es esta la primera grulla que veo?
Quiquibio continuó:
- Señor, es como yo os digo; y cuando queráis os lo haré ver en los vivos.
Currado, por respeto a los huéspedes que tenía con él no quiso seguir discutiendo, sino que dijo :
-Ya que dices que me lo harás ver en los vivos, algo que jamás ni vi ni oí decir que ocurriese, pues quiero verlo mañana por la mañana y me quedaré satisfecho; pero te juro por el cuerpo de Cristo que, si es de otro modo, te arreglaré de manera que para tu desgracia te acordarás de mi nombre mientras vivas.
Acabada pues esa noche la discusión, a la mañana siguiente, cuando asomó el día, Currado, a quien el sueño no le había calmado la ira, aún todo indignado se levantó y ordenó que le llevasen los caballos; y haciendo montar a Quiquibio sobre un rocín, le llevó hacia un río, en cuya orilla siempre, al amanecer, se solían ver grullas, diciendo:
- Pronto veremos quién mintió anoche, si tú o yo.
Quiquibio, al ver que la ira de Currado aún duraba y que tenía que demostrar su mentira, sin saber cómo arreglárselas cabalgaba tras Currado más muerto que vivo, y de buena gana si hubiese podido se habría escapado; pero como no podía, miraba, bien adelante, bien atrás y a los lados, y lo que veía creía que eran grullas que estaban a dos patas.
Pero ya una vez llegados cerca del río, consiguió ver antes que nadie en la orilla de éste unas doce grullas, que estaban todas sobre una pata, como suelen hacer cuando duermen; por lo que él, mostrándoselas rápidamente a Currado, dijo:
- Señor, podéis ver perfectamente que anoche os dije la verdad, que las grullas no tienen más que un muslo y una pata, si miráis a aquellas que están allí.
Currado al verlas dijo:
- Espérate, que te demostraré que tiene dos. Y acercándose algo más a ellas, gritó:
- ¡Ox, ox
Y a este grito las grullas, sacando fuera la otra pata, después de algunas zancadas, comenzaron todas a huir; por lo que Currado, volviéndose a Quiquibio, le dijo:
-¿Qué te parece, bribón? ¿Te parece que tienen dos?
Quiquibio, casi aturdido, sin saber ni él mismo de dónde le venía, respondió:
- Sí, señor, pero a la de anoche no le gritasteis: “¡ox, ox!”; porque si le hubieseis gritado así, ella habría sacado el otro muslo y la otra pata, como han hecho éstas.
A Currado le gustó tanto la respuesta que toda su ira se mudó en alegría y risa, y dijo:
- Quiquibio, tienes razón; debía haberlo hecho.
Quiquibio esquivó el castigo y se reconcilió con su señor