sábado, 25 de junio de 2011

brujas: vaya un sincero homenaje

en mi imaginario infantil, solo ellas manejaban habilmente una olla y un cucharon, solo ellas lograban que interminables recetas llegaran a buen fin (bueno es un decir...), y sabian del control de los fuegos y de los demas elementos.
viendolas, poco a poco uno entendia, que la cocina era algo mas que preparar comida, era algo asi como contribuir al orden del universo a partir de nuestras minimas acciones, nuestros actos apenas coordinados.
en su mayoria fueron mujeres y sus actos simplemente me fascinaron: vaya entonces mi sentido homenaje a las brujas y sus calderos y de comienzo asi este ciclo sobre algunas de ellas, con una novela que ha sido reeditada en honor a su calidad y cuenta con una divertidisima version filmica: hablo de "Las brujas de Eastwick" de John Updike

...Jane parecía alalrmada. Alexandra se imaginó las cejas demasiado tupidas (en relación con el resto de su encogida cara) de la otra mujer, arqueándose para formar dos semicirculos sobre sus resentidos ojos oscuros, cuyo color castaño resultaba ser siempre una pizca más claro que lo que una recordaba. Si Alexandra era el tipo de bruja alta y que se dejaba llevar, tratando de adelgazar para causar buena impresión y acoplarse al paisaje, y en el fondo era bastante perezosa y entrópicamente fría, Jane era ardiente, menuda, afilada como la punta de un lapíz, mientras que Sukie Rougemont, siempre atareada en el barrio comercial de la población, recogiendo noticias y sonriendo a todo el mundo, tenía una esencia oscilante. esto pensaba Alexandra al colgar el teléfono. Las cosas se producen en tercetos. Y la magia actúa  a todo nuestro alrededor al buscar y encontrar la naturaleza las formas inevitables, juntándose lo cristalino y lo organico en ángulos de sesenta gardos, ya que el triangulo isósceles es la madre de la estructura.
Volvió a sus tarros de salsa para spaghetti -una cantidad de salsa que ella y sus hijos no podrían consumir aunque estuviesen cien años encantados en un cuento de hadas italiano-, sacando un tarro humeante tras otro del caldero azul con topos blancos y colocándolos sobre la temblorosa y chirriante rejilla de almbre. Percibió vagamente que era una especie de ridículo tributo a su actual amante, un fontanero de origen italiano. Su receta no requeria cebolla, y si dos dientes de ajo picados y sofritos durante tres minutos (ni mas ni menos; aquí estaba la magia) en aceite muy caliente, mucho azucar para contrarrestar la acidez, una zanahoria rallada y mas pimienta que sal; pero la cucharadita de albahaca desmenuzada fomentaba el vigor viril, y las gotas de belladona producían el relajamiento sin el cual el vigor viril no es mas que una congestión asesina. Todo esto debía añadirse a los tomates, cogidos y guardados sobre el antepecho de todas las ventanas durante las ultimas semanas, y cortados ahora en rodajas y echados en la mezcladora; desde que Jeo Marino habia a empezado a acostarse con ella, hacia de esto dos veranos, una extraordinaria fertilidad habia favorecido a las plantas sostenidas por cañas en el huerto lateral, donde el sol del sudoeste se filtraba a tráves de la línea de sauces durante las largas tardes. Las retorcidas ramitas de las tomateras, blandas y pálidas como si estuviesen hechas de papel verde, se rompían bajo el peso de tanto fruto; había algo frenético en esta fecundidad, un alarido como de niños ansiosos de gustar a los mayores. de todas las plantas las tomateras parecían las más humanas, anhelantes y frágiles y propensas a pudrirse. Al recoger aquellas jugosas esferas de color rojo anaranjado, Alexandra tenia la impresión de que asía los testículos de un amante gigantesco. Mientras tarbajaba en su cosecha veía algo tristemente menstrual en todo aquello, en la salsa sanguinolenta que sería derramada sobre los blancos spaghetti. Las gordas hebras se convertirían en su propia grasa blanca. A sus treinta y ocho, le parecía cada vez más antinatural su lucha contra la gordura. Con el fin de atraer el amor, ¿debía castigar su propio cuerpo como una santa neurótica de la antiguedad? la naturaleza es indicadora y contexto de toda salud, y, si tenemos apetito, debemos satisfacerlo, satisfaciendo con ello el orden cósmico. Sin embargo a veces se censuraba su descuido al haber aceptado un amante de una raza tan ostenciblemente tolerante en cuestiones de corpulencia...